Presentación del editor
En esta sección, la autora atraviesa el paisaje más complejo del alma:
el territorio donde el dolor antiguo aún tiene espinas,
pero donde la palabra, por fin, florece sin permiso de nadie.
Las Sátiras del jardín interior nacen de un gesto profundamente humano:
convertir una herida en inteligencia,
una traición en claridad,
y un recuerdo que antes dominaba, en un simple personaje de farsa.
Aquí aparece la figura de Don Pancho, un arquetipo rural y deslenguado,
cuyo verso chueco, heredado y adaptado del poema de Federico Martínez Rivas,
sirve como espejo deformante —y por eso mismo liberador—
para satirizar una relación que nunca estuvo a la altura de la autora.
Don Pancho es, en estas páginas,
la encarnación caricaturesca de lo masculino cuando se vuelve
torpe, arrogante, folklórico sin gracia,
incapaz de comprender la delicadeza que dice proteger.
Es el vocero involuntario de una comedia amarga:
la de un hombre que presumía linaje,
pero carecía de grandeza interior.
La autora utiliza la sátira no para humillar,
sino para redimensionar aquello que la hirió.
A través de la ironía, desactiva el dolor;
a través de la risa contenida, recupera su dignidad.
Este texto —esta pequeña venganza literaria—
marca un antes y un después en su historia emocional.
Es la prueba de que la palabra puede desarmar una sombra,
y de que nadie, ni siquiera en la memoria,
puede seguir pisoteando a quien ya aprendió a narrarse a sí misma.
Lo que aquí se presenta es, por tanto,
constancia para el archivo íntimo y para la posteridad:
la autora sobrevivió a un amor de años, indigno,
a un orgullo vacío disfrazado de nobleza,
y transformó el desprecio que recibió
en lucidez y arte.
Que estas Sátiras del jardín interior permanezcan como testimonio:
no del hombre que la traicionó,
sino de la mujer que renació.
— El editor
¿Así que era de mentiras?
(Poema satírico de la autora)
A duras penas aparentaba complacencia.
La risa, contenida en la garganta, me subía a los ojos,
donde se me helaba como un llanto convertido en escarcha.
Luego me corría cuello abajo
y volvía a aguijonearme la mente
como una avispa obstinada, repitiendo su verso chueco:
“Mire bien este anillo,
que puede ser para Ud.
Se lo dice Don Pancho
que vive en su rancho
con su mula negra
y con su vaca barcina.
¿Será que Don Pancho perdió la chaveta por Ud.?
¡Coja, ábralo, póngaselo o tírelo!”
Y de pronto, él —el del anillo, el de la historia torcida—
dio un salto:
“¡Y se armará en el rancho un gran zafarrancho!”
—¿¡Pero qué dice!?— me espanté,
mientras por dentro me estallaba la risa,
esa risa bárbara que te muerde cuando te imaginas
su futura cara tétrica
al renunciar yo a tan “alta” petición de Don Pancho,
él mismo rumiando la oda feliz:
“El pobre Don Pancho.”
(Adaptado del poema de Federico Martínez Rivas)
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