No conozco la calma. No tengo reposo alguno.
Sé quiénes me leen. Intuyo a los que no me leen.
Y cuando caigo en áspera intolerancia —no siempre, pero casi siempre— hago el gesto punzante de quien arranca una hoja, la estruja y la lanza a la caneca.
Luego bebo un vaso de agua, de un solo sorbo.
Son instantes en que espíritu y dolor coexisten,
cuando me asomo a la muerte.
Noches mudas en las que tomo mis sienes entre las manos,
sintiendo la fuerza que oscila en el temblor de unas alas.
Hijos, familia, amigos: los acaparo en ese batir.
El resto lo rechazo.
Tiempo sin medida.
Amargo. Difícil.
Frente a la ventana, la masa deshumanizada de autos hierve y resplandece
como materia en fusión.
Un relámpago que interrumpe la corriente eléctrica relampaguea también en mí,
como esos metales disueltos.
Respondo a la angustia dominando el terror:
haciendo más ardiente mi amor por la vida.
Ante Su Presencia—voz, rezo, lágrimas—
mi rostro se queda pálido, mi mirada lejana;
y ese dolor que sube al pecho, grita en la garganta
y sopla un amargor entre dientes y labios,
lanzando un gemido.
No quiero que mis hijos escuchen.
Salgo al jardín.
Y de inmediato, una estrella y una nube desgarrada
se me clavan adentro:
el rayo ardiente de Di‑s.
¡Ay de mí!
Luz desnuda que envía a los hombres un canto de Ángeles,
entonado con esa fuerza que solo la Luz sin rostro conoce.
La angustia entonces me golpea:
no haber dado lo suficiente.
Las preguntas vuelven, incesantes:
“¿Qué más ofrezco?
¿Cómo sigo demostrando mi generosidad?”
Y en oposición a esas preguntas, aparece el espectáculo del destierro,
la muerte lenta;
el pesar de no saborear de cerca el amor de los últimos años;
el pesar de los amigos descuidados;
de los hijos, a quienes me acomodé “en la nada”;
y el remordimiento de no haberlo disfrutado más.
La vida: cotidiana, desgastada hasta el cansancio.
Sensación de existencia consumida.
Vejez inevitable.
Sepulcro insaciable.
Mi vida: rito terrestre y desesperado,
cavando la fosa sola, con mis manos, mi azadón,
y dejándome caer violentamente sobre mí misma.
El éxito: liviandad vil, charlatanería,
turpiloquio de los Medios.
Finalmente, solo un rito permanece:
cavar la fosa.
Confiar el cuerpo quebrantado a la tierra.
Pensar que todo concluye con el último hálito…
hacia lo Eterno.
…allí lo dejo.
Ya no pienso más.

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