¿Quién eres?
Ahí va la máscara que forma un alma sola con el corazón desnudo y se convierte en una llama impenetrable.
Comienza la lucha.
No quiero subir a ese estrado emperifollado de la vida.
Me planto sobre el empedrado desgastado —como la plaza de una pequeña provincia olvidada—.
El resto son las máscaras.
No he venido para mirarte a la cara.
Invisible vivo para esos vivos hacinados que, sin embargo, son visibles para mí.
No tengo voz para ellos, aunque ellos sí la tienen para mí.
Todo lo espiritual y humano que vive en mí, en ellos tiene su origen;
y lo que de mí perece, a ellos se los debo.
Sobre el latir de corazones, todas las máscaras deberán alzarse.
Me levanto. Alzo la frente.
Miro hacia delante y me coloco frente al mundo,
que vuelve la cara hacia mí.
¿Qué máscara usaré, sino la más fuerte?

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