“Entre las páginas y las aguas, el espíritu se arroja al abismo para renacer en la luz del misterio.”
Este texto narra un despertar temprano de mi alma, un primer encuentro con lo sagrado, antes de encontrar la fe que hoy guía mi vida. Es memoria de un proceso de exploración, aprendizaje y apertura, un primer paso hacia mi verdadera raíz espiritual.
Hay pocos libros tan mágicos como éste. En su esencia, es un relato de retórica y belleza, exaltado por símbolos raros, hechos de eternidad, como un cielo abovedado que arrebata la última rima y la lleva más allá de la blanca nube, como un canto eterno de tambores que asciende de sus páginas y de sus entrañas.
Un sentimiento puro me indujo a inclinar el alma hacia la inspiración sagrada, como hacia un canto inescrutable en su desnudez; fuego interior de lo tribal que quise tomar con mis manos, para poseerlo en letras y espíritu, acogiéndolo en el fondo de mi hábitat íntimo.
Me dijo: “Pasa, camina, lee.”
¿Existe mandato sobrenatural que el hombre pueda ignorar? ¿Aquel que lo libera del peso de los huesos para que disperse sus límites y se haga uno con el caballo volador, con el latido de la tierra, en la sencillez de este mundo y otro mundo paralelo, apenas moviendo el borde extremo de una página?
Las páginas estaban solitarias, imitando el color de la arena marina antes de curvarse entre la tristeza y la melancolía. Me incliné sobre el libro; me besó, con una boca que parecía retener la sonrisa de la maravillosa narración. Luego me llevó de la mano hasta el borde de la corriente. ¿Habría descubierto mi tremenda necesidad de pasar a la otra orilla, doblando el curso de sus páginas?
Quizá, en un oscuro sueño o en la videncia deslumbradora, me dijo:
“¿No escuchas la Mar?”
“¡Ven! ¡Ven!”
Sentí que me prendía, que me encerraba, casi me arrebata hacia la cima de una cosmología sin límites ni tiempo. Volví la mirada a las letras, fijándome en el mar crecido que parecía sofocar su respiración. No era el rugido de la Mar, ni el grito de sus entrañas: eran las fieras. ¿No escuchas el jaguar de la Mojana? ¿No oyes tu animal de poder?
El libro apretaba mi cara entre sus páginas, como si quisiera recoger la miseria carnal, la voluntad, el alma y el espíritu, y mezclar todo hasta transfigurarlo más allá de la muerte.
¿Quién diría hasta dónde podemos descender, hasta dónde podemos bajar la mirada humana en busca de la perfección?
No dije una palabra; y, sin embargo, mi rostro místico y radiante de adivinación significaba: “Voy a desbordarme.” En mí había ya un alma musical, semejante a esos cantos primitivos para ofrendar a los dioses, que no se dispersan en los vientos de la mar y la montaña, sino que se vuelven subterráneos, como manantiales.
Del viejo libro de estampas surgió de nuevo la figura del jardalanin, con su fugaz resplandor, sentado entre los árboles, con el tambor sami entre las piernas, subiendo y bajando sus rodillas al ritmo de sus penas, rodeado de fieras amansadas. Luego me llevó de la mano hasta la orilla de mi mar Caribe; callados, escuchando el jadeo de aquel mar que había sido en el pasado océano de dolor.
Caminando por la orilla, hacia la selva marítima que se extendía hasta la falda de la santa montaña, me senté junto al noadjde. El grupo, bajo el umbral de la maloca con techo de paja brava, se doblegaba anhelante bajo el peso del ayahuasca. En mi ensueño, apresurándome a abandonar la orilla y confundirme con la infinita deidad del mar y del mundo, aparecían fieras que miraban sin acercarse, con la cabeza baja, mientras sus cachorros jugueteaban a mis pies.
El noadjde dijo al pueblo murmurante:
“Más valen estas fieras que nos reconocen y nos siguen, que cualquier hombre blanco, que no nos reconoce ni comprende y nos rechaza.”
Se puso de pie, intentando escrutar mis pupilas, acercando su mirada humana y divina con la mía. No miré su sonrisa paternal; sentí una tremenda necesidad de pasar a la otra orilla del presagio. Al acercarse y secarse el rostro sudoroso, las aguas me habían rodeado hasta el alma; me habían arrojado al fondo, en el corazón del mar. Permanecí tres días y tres noches en su interior, sin horror ante la visión, negándome al arribo, negándome a ser transportada. Sentí, por encima de mí, la barca de humanos hendir el Atlántico, y percibí todo el daño del corte de aquella proa, hiriendo la Mar.
Me dejé arrastrar por los remolinos y las corrientes, que transformaban en sustancia penosa mis pensamientos sueltos. No podía llorar, no quería gritar. Cuando creí desfallecer, apareció una mano sobre el agua, para asirme. Sentí elevarme sostenida en todo mi ser, en el sentimiento tímido de una fatalidad profunda.
“¡No temas! Te levantaré, pero volveré a conducirte al fuego. Te conduciré, más allá.”
No me quedó de otra que doblar la puntita del libro, con cuidado, para recordar la lectura sin maltratarlo.
La Capital, Martes 20 de diciembre de 2016

No hay comentarios:
Publicar un comentario