Crónica de un silencio andino
La semana se eterniza hoy; Día de Todos los Santos. Pedaleo con el ímpetu de quien sostiene entre sus dedos un santo rosario. Por la vía silenciosa del campo, diviso el campanil del pueblo fantasma de La Caliza, que se alza enlutado entre la bruma de la mañana.
Sinuosas aguas termales se extienden alrededor, entre pastos verdosos y mantos de gredas rojizas y azulosas. Bancos de areniscas y lagunas cristalinas reflejan el resplandor de Oriente: un mundo en otro mundo.
Me late el corazón al ritmo de las campanadas de Nuestra Señora del Rosario, que amplían hasta lo eterno estos espacios poblados de invisibles pensamientos, de emuná sin lágrimas. Sus últimas lágrimas brillaron como gotas inciertas, esperando una chispa de respuesta divina.
Sobre la altura que domina el embalse, subo por un sendero que conduce al mirador semicircular de la montaña andina. Abajo, la marisma refleja un oscuro espejo donde se hunde la soledad de la inmensa Capital, mientras en fila bajan camiones cargados de frutas, tejidos en lana virgen, muebles de mimbre, madera y cuero.
A mis pies, la fría y húmeda tierra se viste de fina grama entre desfiladeros y llanuras inclinadas, pastos siempre verdes y fresias perfumadas. Más abajo, el silencio y la soledad se alternan con el sonido de arroyuelos límpidos; todo me hace bien, junto a la mar azul del Mediterráneo que llevo dentro, los cielos luminosos que alguna vez me abrazaron en el Caribe, cada uno con su propio universo.
La sombra se inclina gradualmente al rezo terrestre; la noche se dispone a coronar la urbe hirviente.
Mira, Lissa… ahí asoma un horizonte silencioso que guarda un misterio que no se revela.
No puedo pensar de nuevo sin estremecerme en aquella noche mía de diciembre. Me había quedado sola ante el destino; pero el destino fue de brasa. Era el retorno de una canción, nacida del amor, adherida a la carne, aferrada a la cima del corazón: él y ella, mejilla contra mejilla, labios contra labios, como si besasen juntos sobre un tizón.
Bajo el cielo de bronce, seguía relampagueando ininterrumpidamente el sonido de aquella canción que mecía mi corazón entre brasas y sombras. Me quedé allí, en estado de gracia, en ese estado musical que es perfección de espíritu para gozar del demonio rítmico, sin saber si era un encuentro casual o un reflejo de mi memoria envuelta en notas y recuerdos, entre memoria y deseo, como un tizón que besa la cima del alma, con el sabor de las palabras bellas.
(Fin)

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