Parece que, desde esta mañana, respiro una energía milagrosa,
donde se conjugan la realidad y la imaginación,
la vida actual y la más lejana ascendencia.
Al atardecer, el viento helado doblaba las hojas tiernas de la parra —esa que insisto en sembrar pese al frío—
y me sentí lejos de mis muertos,
lejos de mi abuela paterna, dormida para siempre bajo los campos de trigo,
con los ojos fijos en el lucero de la mañana.
La fotografía
¿Es esta la fotografía?
¿Es de verdad mi abuela —mujer frágil vestida de negro—
que entra a mi vida sin tocar el suelo,
con sus largos cabellos trenzados bajo un pañuelo negro?
Todo es presente.
El pasado es presente.
El futuro es presente.
Parecía encerrar todos los años de espera,
la soledad de la guerra,
el amor eterno por su hijo ausente.
Y hasta en la más leve de sus sonrisas
aparecía al final, su dolor.
¡Ah! Todo el pasado confluye hacia el presente,
y el destino quiso que hoy estemos con ella
a través de esta simple fotografía que tengo en la mano.
¿Qué manos, más que las tuyas, abuela mía,
son dignas de levantar la copa de vino que celebra el Canto de la Sangre?
Brindo por mi abuela —por su grandísima alma en su pequeño cuerpo—;
brindo por mi familia ausente;
brindo por los caídos de la otra orilla,
que nos enseñan que la felicidad plena se compone de
recuerdos sublimes, pensamientos apasionados y perfecta emuná.
En mi memoria revive el eco de otro canto:
¡Que reaparezca, una vez más,
en epifanías de amor y en espacios místicos para otros cantos!
Vuelve la noche.
El canto parece ceder.
Bogotá, jueves, 29 de diciembre de 2016

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