La Capital omnívora hace sus cenas: no una o dos, como centenares de familias, sino cinco por lo menos, y las acostumbradas Cenas de Pascua nunca podrán desaparecer. Pero no hay quien, por este pueblo paciente gobernado por el más solapado, diestro y audaz de los líderes, que se haya quitado el bocado de pan de la boca, ni aun de los dientes.
Ayer, cuando me dirigía invitada a una de esas cenas, sofocando mi corazón, desaceleré el auto hasta llegar a pocos centímetros de una familia campesina. Debían marchar a su pueblo, y los encontré sentados en el andén. Les escuché sollozar desesperados, contándome lo que había hecho su jefe, ingeniero constructor.
Devorados por el cansancio, el hambre y el frío, sin saciar a sus pequeños hijos andrajosos y medio desnudos, iluminados únicamente por sus ojos suplicantes, escondían en sus humildes corazones, como reliquias santas o amuletos milagrosos, los escapularios que les habían ofrecido en alguna iglesia. Todo esto, además de aguantar insultos de vigilantes y policías. Pero aun así, no se marcharon; esperaban el salario que como maestro de obras debía pagarles… y que nunca llegó.
Mientras tanto, un rebaño oscuro y jadeante de consumistas inhumanos, llenos de paquetes, cruzaba las calles, se detenía, para luego perpetuar su camino.
Antes de realizar aquel acto humano que me desgarraba, como la mujer cargada de hijos que soy, no podía sostenerlos más. Tomé a uno de ellos entre mis brazos. El niño lloraba, bebiendo sus lágrimas en silencio. Y para aliviar sus tristezas, antes de que el gallo de la Capital cantara las roncas plegarias de fe y fervor cristiano, la gracia de Dios se paseó a lo largo de aquella orilla para que no se entristecieran más ni muriesen de languidez y frío. Todo el silencio doloroso que los devoraba en la inútil espera del ingeniero estalló en una sola palabra:
“Gracias.”
Morir no basta. Si morir es cesar de ser generosos, no podemos morir.

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