Levanto el rostro como si mi cuello fuese un tallo reavivado por algo de la blanca sombra
sobre mí y a mí alrededor. Un rayo de sol furtivo que se dispersa, atraviesa el
tejido brugge de la cortina e ilumina y estampa mi piel con pequeños capullos
de flores de la mañana. Pero hay una voz que sopla sobre el alma como se sopla
un tizón para avivarlo. Huelo en él el mar, el grato olor que se respira frente
a la danza marina de las largas olas encrespadas que azota mi rostro.
Sería
muy bello saber que usted existe.

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