domingo, 1 de enero de 2017






El paraíso está a la sombra de mi espalda... 

Es tiempo ya de que caiga cada imagen falsa mía, junto con esos cuentos pueriles que deleitan la estupidez de los necios.

Mujer de barro y de roca. Mujer de mi tierra natal, yo soy una mujer de muchas tierras. Soy una mujer forjada en el horno de fuego, la naturaleza y el arte para conquistar, para dejar de lado todo lo banal, para vivir a plenitud en armonía: una y diversa, simple y múltiple que se esfuerza en aumentar su ser a una escala de valores superior.

Esa doctrina que se reduce a señalar el carácter de vida social, que nació en Oriente propagándose a Occidente y que afirma que “solamente bajo el régimen de comunidad, las sociedades humanas podrán alcanzar el punto de perfección”; se engañan y engañan miserablemente. Creen colocarse entre los espíritus progress, entre los esforzados e intelectuales. 

Pienso más bien, que cuando un hombre se levanta, trabaja y adquiere un bien, lo cultiva, lo protege, lo defiende y comparte con todos, ese hombre tiene un concepto de su dignidad y poder más elevado, que el que encierra la mente pobre del hombre resignado que recibe una limosna del Estado, como quiere imponerse en las nuevas formas de gobierno Latinoamericano, Socialismo Siglo XXI que están satisfechos de llevarlo a cabo a través sus regímenes de carácter socio-político.

En la historia de la humanidad, como en la de la especie animal, es evidente que la primera condición de toda elevación hacia las formas superiores de vida, es la lucha por el desenvolvimiento del individuo, es el esfuerzo vehemente del hombre o el animal, por mantener su independencia y sus atributos.

Ahora bien, cuanto más seguro está el hombre que puede contar con la ayuda externa, tanto y más reticente se vuelve la lucha hacia el esfuerzo, ya no experimentará la necesidad de elevarse por medio de su trabajo o de una obra en particular. Sus energías se van debilitando, su voluntad desfallece, su dignidad lo abandona: queda reducido exactamente a un utensilio de valor para el que lo maneja.

No hay salud, ni belleza fuera del esfuerzo que el hombre realiza en plena libertad, soltando de si, todas su energía y volviéndolas en direcciones que le señala su condición espiritual y humana. Y es así, como el hombre digno de vivir se siente engrandecido a cada obstáculo que supera.

Y cuanto más impecable, honesto, prudente, bondadoso, íntegro es el hombre, es cuanto más se esfuerza en aumentar su ser y en labrar el suelo fecundo que nuestro sudor lo riega. Y así mismo, bello será el Cielo que limita el campo cultivado.



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