martes, 14 de junio de 2016





Asomados de manera secreta entre la empalizada de palitos de corozo, buscando un pedazo de mendrugo, eran enjambres de muchachos descalzos que se trasladaban a los alrededores del tranquilo Hotelito Perdido. Entonces mujeres morenas de la servidumbre iban al encuentro llevando en sus delantales frutas, dulces, y otros víveres que arrojaban al otro lado de las alambradas, mientras con ojos radiantes de felicidad los niños trepaban sin ser vistos y saltaban hasta conseguir alcanzarlos, atentos a la señal de que el vigilante se alejaba.


Ayer a un pobre muchacho isleño que paseaba al sol a lo largo de la playa, al que me había tropezado, le escuché sollozar  contándome que era tan escasa la mísera porción de peces que pescaban, que padecía hambre y que además, aguantaban palos y pescozones de sus padres, pero que esto no les asustaba y escondía en su corazoncito, como amuleto, las medallitas y escapularios de santos que le ofrecían algunos turistas. Lloré junto a él, bebí sus lágrimas de sol en silencio, deshaciéndome por ayudar a ese niño descalzo, andrajoso, medio desnudo, devorado por el hambre, vivo únicamente sus ojos suplicantes y su sonrisa de sal.



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