Asomados de manera secreta entre la empalizada de palitos de corozo, buscando
un pedazo de mendrugo, eran enjambres de muchachos descalzos que se trasladaban
a los alrededores del tranquilo Hotelito
Perdido. Entonces mujeres morenas
de la servidumbre iban al encuentro llevando en sus delantales frutas, dulces,
y otros víveres que arrojaban al otro lado de las alambradas, mientras con ojos
radiantes de felicidad los niños trepaban sin ser vistos y saltaban hasta
conseguir alcanzarlos, atentos a la señal de que el vigilante se alejaba.
Ayer a un pobre muchacho isleño que paseaba al sol a lo largo de
la playa, al que me había tropezado, le escuché sollozar contándome que era tan escasa la mísera porción
de peces que pescaban, que padecía hambre y que además, aguantaban palos y
pescozones de sus padres, pero que esto no les asustaba y escondía en su corazoncito, como amuleto, las medallitas y escapularios de santos que le ofrecían algunos turistas. Lloré junto a él, bebí sus lágrimas de sol en
silencio, deshaciéndome por ayudar a ese niño descalzo, andrajoso, medio
desnudo, devorado por el hambre, vivo únicamente sus ojos suplicantes y su
sonrisa de sal.

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