Erguida en pie, divisaba los espejos de agua, las
murallas, las callejuelas, las plazas, los campanarios y casonas adosadas. Sentía
el ansia del mar. Seguía de lejos el trazado de la costa arenosa. Ahí estaba el
Fuerte de Bocachica, semejante a una herradura. La isla de Barú, que no era más
que una larga y furtiva línea palpitante de frondas y altas palmeras.
Luego, declinó el
sol entre los cielos y el mar Caribe. Cerré los ojos para observar la última
caída de luz sobre el balcón abierto; y, pensé en mi madre, que no me rodeará con sus amorosos brazos.

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