viernes, 10 de junio de 2016



Erguida en pie, divisaba los espejos de agua, las murallas, las callejuelas, las plazas, los campanarios y casonas adosadas. Sentía el ansia del mar. Seguía de lejos el trazado de la costa arenosa. Ahí estaba el Fuerte de Bocachica, semejante a una herradura. La isla de Barú, que no era más que una larga y furtiva línea palpitante de frondas y altas palmeras. 

Luego, declinó el sol entre los cielos y el mar Caribe. Cerré los ojos para observar la última caída de luz sobre el balcón abierto; y, pensé en mi madre, que no me rodeará con sus amorosos brazos. 

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