Desde la bahía de los isleños
Era una de esas noches calurosas en la isla, en que La Mar, con su dulce y alocada cadencia, solía dar paz en el corazón. Yo allí, a la sombra de las flexibles hojas de palmeras y veraneras; detrás de mí, me parecía sentir al pueblo palpitante, no como un caserío de zona roja sino como ejemplo de esfuerzo laborioso de pescadores, agricultores y artesanos nativos, que a través del potente sonido del pick-up (picó), bailaban con frenesí al ritmo de la champeta, reviviendo entre siglos el abandono y olvido.
Fue un descanso oportuno, aunque en tiempo breve, donde me plació tanto
sonreír o reír para hechizar el destino y también para engañar esa angustia que
los marineros llaman “la desazón del mar"...
¡Mira el barco lejano! _observé.
Un barco que apareció desde el horizonte iluminado y que parecía contener toda la sombra y la luz del destino que trae claros anuncios de lo que en
nosotros no es más que un presentimiento; francas respuestas a lo que no nos
atrevemos preguntar aún.
Eché a andar, mientras callaban mis pensamientos ante el mar inmenso de armonía, oyéndose cantar
en una infinita lejanía, las fuentes de la Vida.

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