Momento místico bajo el cielo abierto
¿Era este mi día triste? ¿O era la hora
que abre paso a la aurora de un alegre dolor?
Era de un solo color, como si Di-s lo
hubiese modelado en la roca caliza de la montaña del Cuarzo. Y de un solo
resplandor como la montaña del Fuego.
¿Acaso no celebramos, el día
sagrado, en el interior de las montañas, entre cuevas que dejan pasar
rayos de luz? ¿Y no lo celebran los religiosos, en el día elegido, en lo alto de la montaña Azul
y el paso de nubes, con un inmenso altar tallado en las piedras?
He visto descender religiosos en la montaña
del Agua de vertiente empinada. Descender por el lindero de la muerte, desde
la cima hacia el abismo, sobre una escalinata de piedras de río que va del
cielo al infierno, y durante el descenso la luz queda a sus espaldas y lo
único que se ve hacia delante es noche.
¿Y no es un don del destino que la divina belleza humanizada de
los religiosos se irradie sobre todas las cimas y en todos los abismos para dar
vida, para conquistar y para quedarse?
¿Y qué de los años, los errores, las tribulaciones, y
las culpas, donde se desbordan las lágrimas, sin el soplo de Di-s?
Dominemos al menos nuestro ánimo y lo que en este ánimo es
impuro, loco o vano. Esto deseo, esto debemos desear en la noche de vela, donde conviene rezar, todo el pueblo exiliado. Conviene que cada uno de
nosotros, en el silencio, ofrezca una hora de recogimiento al que santifica esta
vela. La faz del mundo parece ensombrecerse y el alma de la tierra vuelve a
sentirse ansiosa…
Adoremos a Di-s, inclinándonos hasta tocar el suelo con la frente.

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