viernes, 29 de julio de 2016





Penúltimo día en la isla
Durante los últimos días había bregado desesperadamente por concentrarme en el placer de disfrutar, olvidándome de los tontos fantasmas mentales que solo viven en el espejo de nuestros ojos.

Así que allí estaba yo, aparentando una frágil entereza que se me venía abajo con cada oleada perpetua de la mar acariciándome para luego desvanecerse hasta ensancharse indefinidamente al ritmo de mis pensamientos y mi cuerpo desnudo. Un misterioso ritual, en el que participaba silenciosamente de la vida mundana: La ola perpetua, serena e inmutable que sumergía mis cabellos en dulce cosa, en inmensa alegría como un manto misterioso de la mar; también, la calma de los cielos supremos, sobre mí; el hálito sinuoso de los peces, en mi boca; la curva del oleaje en mi pecho henchido. Toda la dulzura del consentimiento y la bondad del Creador conectada al mar sonoro que nutre la vida y deja respirar el espíritu voluble de los vientos bajo la mirada del sol, en lánguidas horas.

Fresca y fortalecida, me dispuse de nuevo a mi próvida rutina. ¡Eh, alto! un día _ ¡ojalá sea hoy mismo!_ me dije, con el gesto de quien está a punto de llegar o partir,  ¿por qué en lugar de sobrecargar mi conciencia con culpabilidades, no me decidía a disfrutar de unos días más, lo que la vida me estaba ofreciendo? Sería justo que en el nombre de todos aquellos que sufrimos el rechazo, la burla, el escarnio, el destierro y todas las crueles miserias humanas, ¡sería justo y bello! que además de tratar de tener una vida fuerte y espiritual, seamos también libres y generosos, viviendo un poco del culto de las frivolidades. 

Lista a magnificar el perfecto amor, aunque este no fuera amado, sin dejar de reafirmarme en la dignidad de mi espíritu, y en memoria a la desterrada, a la cautiva fuera del bello redil, a aquella que se fatiga y lucha por hacerse digna de añadir una piedra más, cualquiera pero armoniosa, al edificio erigido por sus antepasados; la entregada al esfuerzo de levantar las virtudes bendecidas por la tradición. ¿De éste modo se mostraría su nobleza? dejé escapar un ¡Dios mío! ¿Yo…? Puede ser, murmuré.


No quebranté la necesidad de dar rienda suelta a ese ímpetu de libertad; y, para cuando llegué al aeropuerto, había dejado atrás tentaciones, impulso, seducción, coqueteo, encanto. Lentamente, aquella sensación de seducir y ser seducida fue aminorando para dar paso a una renovada vida, al milagro de la montaña, a la madurez del espíritu, a la plenitud de los años, a la conquista de la alegría. Todo lo que me sucedía, sucedía por sensatez y amor, pues, ante el deber de persistir en nuestra misión, ningún corazón debía vacilar.


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