He sentido caer el acre del etrog. Lo he sentido a través del
peligro inmenso de la noche Caribe después de haber despertado en la
laberíntica Amurallada Ciudad, presa en el crepúsculo marchito de Ishkarya. Es
cierto, es cierto amigo. Es cierto lo que decretaron los profetas… Pero, no existió
más que un pecado mortal, uno solo. No existió más que una transgresión imperdonable de la Ley
de Dios, una sola. ¿Y me preguntas cuál?: Caer en la desesperación de mí misma.
En la oscuridad siniestra de la desesperación. Luego, la muerte que parecía preferible al peso
de esa abominación.

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