Con el rabillo del ojo veía al pedagogo como gigante, bizarro, clavando el rostro sobre los planos arquitectónicos. Había trasladado fuera del cubículo de su oficina la gran mole de musculatura que me hizo temer un puñetazo, fuera del ring. Era, todo amenaza, de modo que me sentía ante su descomunal figura, una hoja de caña de bambú agitada por oleadas de calor ¡qué calor!
Pero antes de saltar a la mar, Gabriel y yo lanzamos un saludo a coro. Él, prosiguió diciendo:
_ “¡Gabriel, no pareces, aún fuera del aula universitaria, que hubieras aprendido algo! ¿Por qué corriges el proyecto de tu amiga, dibujando botes ¡al revés! contrario a las corrientes de agua? ¿Cómo vas a amarrar los botes? ¿No se te ocurre pensar que para diseñar una Marina Náutica, lo menos que tienes que saber es sobre flujos y reflujos de mareas vivas? ¿No has pensado, por qué los muelles son trazados suroeste y anclados al fondo marino con estructuras en caracolejos?”_ Gabriel y yo con un ojo mirábamos los planos mientras con el otro vigilábamos al iracundo sin rayos.
Más tarde, después de algunas horas de historias de náufragos que desaparecían tras fuertes tormentas sin dejar rastro en las aguas del Mar Caribe e invitados por el académico, un arquitecto de claro ingenio y de palabra franca y elocuente, "in situ" dimos un paseo por los muelles del Club de Pesca. A través de un montón de sillas blancas afrancesadas, no costó resistirnos entrar al restaurante, almorzar y tomarnos unos cócteles. En la mesa vecina, gringos con sus flashes disparaban fotos al paisaje de cúpulas, minaretes, murallas y la torre del reloj que entonaba, lejanos cantos de pájaro cu-cú; doce del mediodía.
El temible gigante, hombre que divertía a pupilos ingenuos, sacudió las sillas y se dirigió al bar. Momento peligroso, y mucho más conspicuo que la oficina, cuando mi corazón imploraba a Gabriel que viniera en mi socorro. Nuestro enseñador, no sin un ceño amenazador, logró despedir a Gabriel, con la excusa de que alguien lo esperaba.
Pero quizá, por increíble metamorfosis, al encontrarse nuestros ojos, el espíritu caribe, contra la incertidumbre de señales, todo se había transformado en poesía:
_"Tómame por guía de mares y te mostraré cantos de sirenas..."_
Lissa aceptó. Vivir el momento, no la eternidad, vivir un poema de la vida en que el lugar común era, la mar.
La Surprise, con velas elevadas navegó sobre arrecifes en un viaje de ensueños y olas, dando vueltas y vueltas. Hablaban delante de los peces que saltaban aquí y allá a través de ráfagas de viento, olas que se aquietaban y la fina lluvia con la mar en calma. El viento pronto cambió de dirección y el velero rojo tomó posición , barlovento.
Entre manglares y la frescura de la noche, durmieron sobre esteras al refugio de kioskos de pescadores. Luciérnagas escapaban sobre el encaje luminoso de las olas en un lugar idílico.
Fue el momento, la hora del adiós, dejar a la deriva el mando del velero y arribar a puerto seguro.

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