La Capital prende luminarias íntimas y en el arco nocturno que
reflejan las montañas, se apagan las estrellas. Nubes a bajísima altura,
mientras la lluvia ruge en pie sobre la cordillera y allí cesa. Perturba el
olor de la ciudad a herida enconada. Nace de pronto una flor sobre el concreto,
sobre el acero que la noche hace de plata y cada árbol de piedra, sin savia, es
venerado. A través del rojo acre desesperado de los edificios, asciende el humo
de chimeneas que cubren toda la ciudad que está sin luna y sin faro. El alma
triste sigue escondida.

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