miércoles, 27 de mayo de 2015

TODOS VAN, o ninguno.


La Capital prende luminarias íntimas y en el arco nocturno que reflejan las montañas, se apagan las estrellas. Nubes a bajísima altura, mientras la lluvia ruge en pie sobre la cordillera y allí cesa. Perturba el olor de la ciudad a herida enconada. Nace de pronto una flor sobre el concreto, sobre el acero que la noche hace de plata y cada árbol de piedra, sin savia, es venerado. A través del rojo acre desesperado de los edificios, asciende el humo de chimeneas que cubren toda la ciudad que está sin luna y sin faro. El alma triste sigue escondida.  

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