Sufría y meditaba como una estudiante vagabunda expulsada de las Universidades;
rechazada por la Iglesia en la dureza del corazón, en la severidad del espíritu
y en el rigor de sus doctrinas; reducida al arte de poetizar con esos versos hechos de luz y de frescura, que de vez en
cuando se abren en la niebla y en el horror del Infierno como respiraderos de una vida serena; siempre impaciente exponiendo el cuerpo y el alma a la fatalidad,
al azar, al peligro; siguiendo el camino de los escolares, un cristalino cielo
de primavera, un callejón cultivado, pero sin salida.

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