Deja que yo describa tu misterio...
Jerusalén יְרוּשָׁלַיִם
Sí para guiar mi espíritu a la contemplación religiosa de tus misterios.
Quisiera que las letras que voy a escribir te parezcan capituladas a un estado de rezos.
Deja que yo describa tu misterio.
Tu misterio ocupa la cúspide a la altura de la Vieja Ciudad, captada en el tiempo entre la luz de la memoria y la esperanza.
Reza estas siete prosas silenciosas de más de tres lustros, entre tu Pasado, tu Presente y tu Futuro, en la superficie de lo que puedo saber, con el deseo de intentar lo desconocido.
Deja que yo describa tu misterio.
La imagen que tengo de ti lleva impresa la hora del duelo, seguida de más dolor y de fervor.
Está animada y agigantada por ese soplo repentino que brota de las profundidades de la Ciudad herida.
Deja que yo describa tu misterio.
Aquí, bajo el reino de lo eterno, tu aspecto terrenal es de una fuerza sobrenatural.
Semejante a manantiales, a corrientes de ríos, a los mares de Israel.
Descomunal fuerza que parece concentrarse en tu inmovilidad serena y la vieja mirada inmortal, que se prepara al milagro que pasmará la tierra.
Deja que yo describa tu misterio.
Tu Templo, destruido, toca el ápice de la gloria terrena, en la edad en que el sol interno palidece y se pone.
El estío atrae el aroma a romero. ¡Qué fresco aroma!
Sobre ti, Él ilumina desde el cielo con una de esas iluminaciones repentinas que posee la magnificencia de las auroras.
Deja que yo describa tu misterio.
Hoy es la edad en que las almas vuelven a mirar hacia atrás, como el artista cansado.
Vierte en grandes moldes la materia frágil, dando una prueba más de su facultad de renovarse en una obra vasta, donde la pasión, la victoria y la muerte se revelan con ímpetu lírico.
Deja que yo describa tu misterio.
Penetras dulce sobre callejuelas de contornos armoniosos, bella como la más bella.
Viviendo libre bajo el oro solar, entre un pueblo de barba sobre el pecho que aprende a estudiar la gracia.
Entre niños de piel endurecida y coloreada por el sol y la sal, saltando por los escollos a lo largo de tus pórticos.
Deja que yo describa tu misterio.
He representado, en mi ignorancia y desde el destierro, desde un sueño confuso pero palpitante que trata de comprender las visiones de los misterios que te rigen, con esta imagen, tu ausencia.
Ábreme tus puertas y veré irrumpir de Él la nube o la luz.
Los relámpagos o los vientos del cielo impregnados de esa esencia divina, la ráfaga repentina que cambia el color de los olivares, de las sombras de las palmeras, de los montes, de las aguas, del día, de la noche, de las estaciones, de los ríos con sus arterias cristalinas, del horizonte marino, corriendo tras la santidad de tu silencio pétreo.
Tantas virtudes se fecundan en ti, surcada por los años, recogidas en una tristeza austera, asentada sobre la tierra como ninguna otra ciudad, en espera de la gran epifanía que expresará tu misterio. ¿Acaso he conseguido representar con mis letras la grandeza de tu espíritu sagrado, con el respeto religioso y el temor reverente que suscita, en quien no es digna de contemplarte?

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