sábado, 15 de octubre de 2016




Qué paz será finalmente impuesta a nosotros los infelices? 
¿La paz del SÍ?
¿La paz del NO?
¿La paz de Leviatán?

¡Miserable de nosotros…!


La vida no es sino la magnificencia de una lucha incesante. «Cuando el hombre no sea ya el lobo para el hombre», como lo inmortalizó el poeta romano Plauto,  el hombre NO volverá a soltar al viento su plumaje de pavo real; y, nosotros, los sensatos, NO nos haremos de lado para dejarlo pasar; NO nos apretaremos unos puntos más el cinturón en torno a nuestra discreción. Porque el pueblo del desquite, embriagado de triunfos, el de las cinco comidas, apenas terminada su tarea sangrienta, NO volverá a abrir las fauces para devorar cuanto más pueda; dejará de ocultar el haber llevado al máximo de su interés, sus negocios bajo la forma de las ideologías de masas, y; nosotros, NO dejaremos enturbiar las fuentes de nuestras riquezas. Porque entre tantos granujas y charlatanes que obstruyen las calles y las plazas, pasarán los silenciosos hacedores de palabras.

¿Debemos seguir  moviendo la cabeza y gemir interminablemente agazapados en nuestra solitaria estupidez?

Pues bien, NO. ¡Basta! La Nación, tendrá en sus montañas, selvas, llanuras y mares, la paz de los poetas sin armas, la única que le conviene.


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