Qué
paz será finalmente impuesta a nosotros los infelices?
¿La paz del SÍ?
¿La paz del NO?
¿La paz de Leviatán?
¡Miserable
de nosotros…!
La vida no es sino la magnificencia
de una lucha incesante. «Cuando el hombre no sea ya el lobo
para el hombre», como
lo inmortalizó el poeta romano Plauto, el
hombre NO volverá a soltar al viento su plumaje de pavo real; y, nosotros, los sensatos, NO nos haremos de lado para dejarlo pasar; NO nos apretaremos unos puntos más el
cinturón en torno a nuestra discreción. Porque el pueblo del desquite,
embriagado de triunfos, el de las cinco comidas, apenas terminada su tarea
sangrienta, NO volverá a abrir las fauces para devorar cuanto más pueda; dejará de ocultar el haber llevado al máximo de su interés, sus
negocios bajo la forma de las ideologías de masas, y; nosotros, NO dejaremos enturbiar las fuentes de nuestras riquezas. Porque entre tantos granujas y charlatanes
que obstruyen las calles y las plazas, pasarán los silenciosos hacedores de
palabras.
¿Debemos seguir moviendo la cabeza y gemir interminablemente agazapados
en nuestra solitaria estupidez?
Pues bien, NO. ¡Basta! La
Nación, tendrá en sus montañas, selvas, llanuras y mares, la paz de los poetas sin armas,
la única que le conviene.

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