del color de sus cabellos.
Pies descalzos
buscando en la tierra
un lugar donde reposar.
¡Qué bella es!
No hacen falta palabras incendiarias.
Hasta las piedras gritan;
el rudo postor relampaguea con codicia en sus ojos.
“¡Ven! ¡Entra!”,
le dice él.
Ante el hambre humilde,
la puerta se abre a la víctima.
Los goznes giran sin ruido.
Ella retrocede.
"¡Entra!
Ven a sentarte en mis piernas.
¡Sé la reina de mi festín!"
A la luz del sol
solo se ve
el blanco de sus ojos
sobre el umbral.
“¿Qué puedo darte?”
—“Un pan.”
No se ve más que la mano azulosa
que se tiende para recogerlo.
“¿Quién eres?
¿Cómo te llamas?
¿De dónde vienes?”
“¡Niña! ¡Niña! ¡Niña!”
Permanece taciturna,
callada,
inmóvil.
Semidesnuda,
sus cabellos la esconden.
¿A quién le corresponderá en suerte?
“¡A los dados! ¡A los dados!”
En el aire, un torbellino de vientos
golpea al feroz y rudo postor;
entre risas, burlas, chanzas y palabrotas...
La niña desapareció.

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