«Días Terribles»
“A lo hecho pecho”
La suerte de cada uno para el año que viene
está decidida.
Alegría del otoño. Comienza lo bello después de largas semanas de sufrimiento,
desde el día en que mis dolencias comenzaron a morderme para quebrantarme, hasta
la hora en que cambió la palabra terrena “terrible” por otro lenguaje.
Ni medicada, ni aliviada, no quise interceder entre la enfermedad y la
carne, no pedí que mi sufrimiento fuese calmado, sino, que con él me diera
las fuerzas necesarias para soportarlo: ¡Di-s mío, mándame, ánimo, ánimo al alma mía!, pedía en el dolor. Cuando la mordedura era menos atroz, me mostraba
alegre, no solo sonreía, sino que hasta podía bromear y reír a carcajadas,
rodeada de afectuosos disimuladores.
Todas las mañanas me levantaba de aquel martirio nocturno, con terribles náuseas e intenso dolor en el cuerpo. Durante el día, no tomaba más que algunos sorbos de caldo de pollo o un pedazo de fruta. Callaba, mientras me sentía morir, vivir y recomenzar,
tejiendo con los hilos de la muerte, sueños de una vida que ya no era más como
mi vida. Mi vida que es mi pasión y mi tribulación, mi vida que me extasía y me excluye.
El amor, el dolor y la muerte agitaron el Océano de esa vida, con brazos
titánicos e invisibles que invitaban a la rendición. ¿Qué soberbia mano me
empujaba y doblegaba? La realidad me desgarraba. Hablaba en voz baja,
intentando disuadirle, no desde el lecho sino desde la profundidad del alma,
desde lo íntimo de ese sentimiento inexpresable, escuchando la noche
penetrar la sensibilidad del Cielo, conmovida por las ondas que traía el Océano.
Esa súplica fue un clamor que me hizo latir el corazón y arder mi palidez como una llama roja, como el dolor de una nueva creación, como la
angustia de un parto retorciéndose para alumbrar el éxtasis de un
nuevo destino.
Fue así como me levanté buscándome a mí misma, después de tanto tiempo de sufrimiento y
de espera. Hoy, puedo ver quién me lleva de su mano. Y soy libre danzando bajo un Cielo donde
alborota el trino de las aves.

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