De vez en cuando, en el bullicio del aire contaminado
de la noche, respirando el pavimento y
todas las tristezas de mis días Capitalinos, encerrada entre cuatro frías paredes, salida de la oscuridad de los años
impenetrables donde reinan los difuntos, he sentido la vastedad del cielo, de las
cordilleras, de restos de una multitud encorvada pesadamente calzada y, de todos los
espíritus de la ciudad caminando al encuentro de sí mismos, disputándose contra el
hambre y la miseria insostenible y creadora de submundos, que parecen brotar de la matriz
de la...
Luna Llena
Estaban allí y me cercaban,
mientras escalaba a mi memoria alguna estrofa de un himno: “¡Cesó la horrible noche!” Y
continuaba en los grandes intervalos: “¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal! ¡En surcos de dolores, el bien germina ya!...” Pero ¿quiénes son ellos que les impide germinar y vivir? ¿Los que les nutren con un pan cotidiano lleno de moho? ¿Con el veneno de la paz,
hasta que ellos no tengan ya alma para pensar y espíritu para ver? Se hizo
silencio. Yo me fui a la mar, me tendí a proa en un botecito de madera, puse la
cara al viento de la verdad y al viento de la libertad. Cada rayo de sol
iluminaba el fondo de mi corazón.

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