¿Me engaña la memoria?
No puedo ni podré olvidar aquel instante cuando ante mí, sus débiles
manos parecían cadavéricas:
Estoy en la ambulancia. Voy a la Clínica por calles que han
sepultado miles de vidas sin nombres. Entramos por el portón. ¡Qué largos
pasillos recorríamos cuando mi hija, desde su camilla, levantó los párpados y su mirada velada descubrió el iris entero y ampliado indefinidamente por el enorme brillo de la fría luz que emanaban las lámparas del hospital! Sentí temblar y bajo mis ojos, sus mejillas oscurecidas por la sombras, parecían lloriquear un poco por encima de su boca dibujada por la tristeza de Caravaggio’s Mary Magdalene in Ecstasy.
Las alas de una gran mariposa color negra jaspeada de azufre palpitaron cercanas como el latir de mi corazón, y remotas como el
centelleo de las estrellas, confundiéndose con mis más secretas entrañas y siguiendo
las ramificaciones de mis nervios.
En ese momento pensé: ¿qué hizo ella de mis años de sacrificio, fatiga
y luchas incesantes, años de total entrega _digo total,
repito total_ para su bienestar? No
importa. Soy más devota que antes, más amorosa y generosa que lo que fui antes.
Y aunque no bastó en el pasado, haber sido tratada cruelmente como una despreciable mercancía; fue también preciso, que enlutada por el dolor, hoy, fuese acusada, deshonrada, juzgada, puesta en la picota por gente necia, su familia paterna, aquí, en la Capital.
De todo esto, quizá me servirá aprender a no sonreír más y, quizá a no llorar
más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario