miércoles, 16 de marzo de 2016




Una noche serena 

Dormita la ciudad. Vuelvo a casa sola. Me encamino hacia mi habitación fría y blanca como la de un hospital. Me desvisto. Abierta la cortina, veo la luna desde mi cabecera a través de la ventana acristalada, tristemente. Su tamaño aumenta. Oigo que alguien sube por la escalera y golpea la puerta llamándome. Es la voz de mi hija. Abre. Me anima, viene a mi encuentro. Permanezco en silencio mientras ella habla. Habla de ella en llamaradas de alegría casi tierna, tanto la amo, tanto me hace feliz su gracia única. Al salir, me dice que la despierte a las siete. Estoy muerta de cansancio, pero no puedo dormir. Cierro los ojos y el sopor me invade. Pienso en el amigo que está solo, allá lejos, su recuerdo se convierte en mi sueño. Sueño que el entra en casa y que yo le digo:


“¿Eres tú?  ¿Has vuelto?”

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