¡Y se lanzó
por la estrecha bahía!
Cuando medito en los últimos años de
aquella desenvuelta vida de Lissa, me siento inspirada por el entusiasmo que me
produce la fábula de Juan
Salvador Gaviota:
“No creas lo que tus ojos te dicen. Todo lo que muestran son
limitaciones. Mira con tu comprensión, encuentra lo que ya sabes y verás el
camino para volar.”
La apasionada rebeldía de Lissa, el ansia de volar,
el deseo de intentar lo desconocido no tuvo jamás una expresión más cierta. “¡Más
allá!” Gritaba. Joven y vigorosa, delicada y ruda, ahí estaba ella. Como centro
del mundo. Como anillo uniendo el Mediterráneo con el Caribe; los Alpes con los
Andes, mientras los vientos caldeaban sus últimos sueños.
Cimentada sobre pueriles ilusiones, el dominio
moral parecía su destino. De sus más tristes errores, poderosa y enemiga servidumbre,
en ella se regodearon, y de ella vivieron y viven. Y en aquel día de enero,
sobre aquel mar fatal, el Eterno reveló su Belleza sobre aquella cruda realidad,
sobre los hechos, sobre la amarga experiencia, sobre lo agudo de los hombres,
sobre la caída de la libertad; abriéndose una esperanza, una visión extraordinaria.
Fue así como Lissa conoció la santidad
como promesa y voto, la justicia irradiada desde los cielos; junto a unos hijos
que engendró con la impronta Superior marcada para la perfección. Y quizá, un
día, su fe, su sacrificio, su constancia, su espera, la harán digna de ver en sus
hijos, repetir: “¡Más allá!”; aprestándose, ellos, a un esfuerzo mayor.
Su frente lleva un mundo completo.

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