martes, 15 de marzo de 2016



¿Ya no le amaba?

Aunque no existen límites para los sentimientos y el pensamiento, su ansiedad era la que establecía los límites. Y, por no poder odiarlo, el odio se manifestó en un miedo insano, difuso e incierto.

Hace unos años, precisamente en estos días de marzo, una noche el aire de la habitación pareció haberse hecho áspero como en aquellos lugares sin ley y llenos de mentiras. Su corazón se paralizó. Escuchó caer las sillas volcadas sobre el suelo de madera, bajo la sombra de la sala llena de ecos como una iglesia en el oficio de las tinieblas. Volvió a ver en sus ojos la mirada de un desconocido de rostro transfigurado y alterado por un temblor fiero. Rió brutalmente dentro del círculo del vaso de whiskie.

_¡Ah! ¿Quieres dejarme más cicatrices?_ 

¿Sentiría él la enemistad de su voz? ¿No era ya capaz de calmarse ni de dulzura?

_Lissa _dijo convulso, mirándola con fijeza_, dime la verdad. ¿No fue fingimiento ayer cuando me preguntaste quién era? ¿No lo has conocido antes que a mí? ¿No te has acostado con él? ¿Te ha tenido entre sus brazos?_

_No. ¿Por qué estás celoso?_ 

Trataba de quitar toda seriedad a lo que decía, con suave tono mientras sonreía, aunque en el fondo de su pregunta había desprecio, porque le sabía grosero e incapaz de admitir sus errores.

_Celoso no. Más bien friqueado.

Huía de sí. Ciertamente sentía morir por ella, arrastrado por el destino y su extraña suerte que en su mejor momento se le escapaba.

_Tú lo sabes, yo no concibo la vida sino bajo la sinceridad. Con tus constantes reclamos y desconfianza fuera de lugar, has contrariado línea por línea, mi vida y mi sinceridad, hacia ti. Ahora todo es opaco. ¿Es preciso que vuelvas a restablecer la confianza, imponiéndomela a fuerza de maltrato y dolor?_

Abrió los cristales de la ventana con la prisa de quien se siente sofocada por una emanación malvada. Los árboles se agitaban en un hondo murmullo como si anunciaran la estallante lluvia en aquellas montañas de hielo, invadiendo su soledad íntima. El frío afuera era intenso y con viento. Todo estaba aparentemente tranquilo excepto el barullo de los obreros limpiando los canalones del techo, mientras un abejorro revoloteaba las alas contra la ventana en un zumbido intenso al volar. El cumplimiento de un juicio profético estaba próximo, y al parecer había sido bien interpretado.

_ ¿Qué haces?_ se había aferrado al brazo de Lissa, fuera de sí, suplicante y al mismo tiempo amedrentador.

Conteniendo un grito que pudo sofocar, ante el gesto del instinto violento y salvaje, nada fue más triste que el modo con que logró dominarse, intentado ver en ese gesto involuntario un aspecto inocente y familiar. Y, ya no tenía deseos de volverse y ver su rostro de dura expresión a través de la piel desgastada y los labios lívidos, destruido por los vicios y los muchos trasnoches.


Todo estaba oculto y todo era visible y todo sucedía en la raíz del alma y en la terminación de los nervios. Y, seguramente, uno de los dos estaba perdido, o quizá los dos. 

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