¿Cómo era mi rostro?
Es la rutina. Oigo el
tic tac del reloj lejano, como el palpitar de una estrella. Mi vida se
cristaliza, se congela como un río que no corre más. En un frío terrible.
Siento la sensación de sacudirme, de correr, de
acalorarme para impedir que el témpano de hielo se precipite sobre un solo
punto y oprima el lado izquierdo de mi pecho. Pero he perdido por completo la
fuerza de mover y remover
las grandes masas de hielo incoherentes, esa sustancia que llamo 'mi vida' y de
la que está formada mi melancolía.
Y no es más que el entumecimiento del alma por la
inmovilidad de aquella decisión que tomé en la tarde del destierro, cuando todo
el movimiento de la vida externa quedó abolido para mí.
A veces pienso, que si no sintiera este cansancio
desolado, podría palpar el mundo, medirlo, reconocer sus formas, su dureza, su
calor. Pero mi sufrimiento es cobarde e impotente. No puedo abrir los párpados
al horror de las transformaciones, ni al estupor de las batallas de la vida
misma. ¿Para qué quiero cambiar? ¿Ante quién puedo serme meritoria y recobrar lo
que he dado? Si mi carne consiente, mi espíritu lo niega. Tengo lo que he dado.
Pero de mi entumecimiento, de mi lejanía, de mi
tedio, de mi frialdad, nació un bien que no se puede representar. Mis hijos.
La Capital, 6 de Octubre de 2014.-

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