viernes, 12 de agosto de 2016



El Santo Monte
Ángeles custodios, déjenme pasar al Bello Lugar.


De pronto, un fuerte viento del desierto
asaltó contra la hermosa Jerusalén,
la anhelada por mi corazón solitario.
Las ondas de mar se agitaron
y se alzaron contra ella.

Ay! 

el quebranto, los lamentos
y el espanto, alcanzaron el cielo.
¿Profecía siniestra? 
¿Todavía no lo sabes?

A los rabinos los mataron...

Todos están pálidos. Todos están mudos.
Vertiendo su sangre a filo de hachas,
fueron rematados a golpes. Todos murieron.
¡Han herido el sol de tu esplendor! 
Mi pecho rebosa de dolor por ti.

¡Salva a tu pueblo! 

Que no se alegren quienes dicen: 

“asolada quedó Jerusalén”

Acabarán con la boca llena de arena.
Solo con Tu mirada, borras toda maldad:


¡No toquen a mis ungidos!

¡No maltraten a mis profetas!


En mis atardeceres de muerte
no encuentro paz ni reposo.
Mi dolor se ha vuelto mar que
susurra sobre tus pies.
Allí llevo mis lágrimas bordadas
de gala que se derriten sobre ti.


¿Cómo elevar mi alma para llegar a ti?


Recuerdo la noche de mis sueños,
cuando el Destino me llevó
ascendiendo en espiral por
la ladera de tus montes.

Vueltas y vueltas hasta que vi
tu rostro y el cielo dorado de esperanza.


Tan lejos de mí y tan cerca. 


Daría mi vida, 
por ese viento dorado que te acaricia,
por ese viento dorado que te visita.


¡Dios mío! 


No soy judía. ¿Comprendes este suplicio?
Mi padre ashkenaz, alma extraviada:

En aquel tiempo, llegó a su puerta 
una bella mujer
que venía de la mar Caribe 
con un cántaro de rocío.
La sed de toda su noche, 
quiso mi padre aplacar con un sorbo 
del alba. 
Sediento, allí encontró un manantial.
Más dulce que la miel.
Bálsamo, que no curaron sus heridas.  

Quisiera cobijarme en un rincón de ti.

¡Oh, dulce amada Jerusalén! ¡Déjame entrar y abrazarte! 

¿Comprendes este ansia de ahondarme en el Pueblo profundo?


Desde la fría montaña, 19 de noviembre de 2014 a las 17:35

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