¿No es esta Lissa?
Una vocecita nos
toca la cima del corazón.
Es medianoche.
Ni una luz, ni un ruido, ni mis hermanos, sólo los ojos de las estrellas que me
miran con una sonrisa. Saben dónde me oculto y me hacen señas. Tengo las
rodillas lastimadas por las piedritas del jardín en donde estoy quieta y
arrodillada. Tengo miedo en mi corazón. Mamá ha dejado la casa junto con el
abuelo y papá duerme. Yo sé cuál de aquellos "raspa'os" le gusta a
mamá, el de Kola Román con leche. A mí me gusta más el de
tamarindo. Pero ella ahora está lejos. Había mucha sangre en el lavadero cuando
se lavó el pie y también hay manchas de color rojo dibujadas en el muro blanco
del comedor en donde estaba la vitrina de la abuela. A mí me gustaba mucho
porque en ella había vasos, copas y jarras de cristal de todos los colores. Creo que ya
será difícil volverlos a pegar como cuando mi hermano y yo armamos los
rompecabezas. La abuela llora y con la escoba barre todos los pedacitos de vidrio. No sé
para donde los llevó. No los volví a ver. La vitrina está rota y tirada en el
piso. Fue papá cuando gritaba quien la lanzó. He sentido como cuando estallan
esos "buscapiés" de las fiestas de noviembre, que tanto miedo me dan.
Nadie piensa que todas esas voces, todos esos gritos, todo ese ruido y el...
¡Pum, pum... pum!,
me producen un miedo muy grande. Ahora que estoy aquí, veo la luna, la cara feliz que me sonríe en las noches. Tiene forma de un 'foco' gigante que alumbra el patio de matas y me deja ver hasta el zaguán y el portón. Mamá no vuelve... y estoy cansada. Si estuviera María... Ella me cuida, siempre está feliz y se peina con trencitas y pepitas de colores. Le gusta bailotear. Huele a comino y a mar. Su piel es brillante y oscura como la noche. Siempre se le ocurre cocinar cangrejos. Cuando estoy sentada en la ventana veo pasar la carreta llena de cangrejos y no los puedo contar porque siempre se mueven como un remolino de mar. Con un palo les golpean, no los deja escapar. María y el carretillero se ríen a carcajadas y los meten a la olla. No me gusta cuando les echa agua caliente. Los tritura en pedacitos muy pequeños y con ellos prepara el arroz con coco que tanto le gusta a la abuela y a mamá. Papá no come arroz, ni cangrejos. Cuando María se va por las tardes, con muchos apuros, le pregunto que por qué no me lleva a su casa y ella me responde que para ir a su choza, hay que atravesar el mar en un bote cargado de peces voladores y no hay lugar para mí. Ahora estoy de pie y puedo jugar con las estrellas. Hay muchas estrellas y guardo algunas en los bolsillos. ¿Qué sucede? Oigo a la gata rabiosa, se ha enredado entre las trinitarias.
¡Miau, miau... miau!
Salgo detrás de ella, pero no puedo alcanzarla. Corre de un lado a otro, le encanta hacer bromas. Volvemos y entramos al patio de las flores. Nos paramos junto al pozo de agua. Allí podemos escuchar mejor los ruidos de la casa. Escuchamos. Nada. No se escucha una llamada. Solo las estrellas que están alegres y se han movido de su lugar. se ríen de nosotros. Misia y yo nos acostamos con la cara mirando a las estrellas. La noche me arropa con su manta oscura para protegerme de los mosquitos. Misia se acurruca sobre mis piernas. No me puedo mover. Pero no duermo. Todo está oscuro, estamos sobre la tierra y saboreo los coralinos que son tan dulces. Por las noches papá tiene las manos y el corazón duro, también los ojos y la frente. Todo en él tiene olor a las heridas rojas que arden y a la hiel de las icoteas que María saca del caparazón con que nos asusta. Esas tienen muchos huevitos blandos que mamá y la abuela chupan diciendo que son sabrosos. Siempre voy con María y mamá al Mercado Público con canastos tan grandes donde vamos colocando el compuesto verde, los cocos que mamá compra donde el chalupero y luego nos vamos para la Carbonera por el carbón que María va colocando sobre los anafes.
¡Snif, snif… ugh!
Todo huele muy mal, a los pies sudados del tío Buenaventura. Desde que subió al cielo, la abuela y mamá se visten de negro. No he podido encontrar la escalera que sube al cielo. Siempre me levantaba en sus brazos y me sonreía, después metía en mi bolsillo una moneda de 5 centavos, para los super-cocos. Lo puedo ver. ¡Allá está! ...esos son sus ojos que me sonríen desde el cielo. Todo el piso del mercado es de barro, hay mucha basura y hasta las personas tienen el color de María. Ahora mamá nos lleva por un laberinto secreto. Me produce alegría ver tantos colores. Siempre se detiene y se pone a rebuscar entre los estantes. Compra telas y peloticas de hilos. Hoy encontró muy escondido en el fondo del más alto de los estantes, una lámpara de gas. Dice que se la llevará a la abuela para que ilumine los santos del altar. Un día mis hermanos escondieron dentro de un cajoncito un ratón gris de ojos rosados y de patitas peladas. Sucedió que la abuela se puso a buscar en la máquina de coser las tijeras... Estoy muy cansada. Misia está ahí, sentada frente a mí, con una cara tan triste que se parece a las arrugas de la abuela. No sonríe. Sus ojos son como las bolitas de cristal que parecen gotas de agua. Siento mucha angustia. Pero qué raro está todo. Mamá no llega, ni el abuelo. Ahora se ha inclinado y da un salto al tejado.
¡Misia, misia... misia!
En un instante, todo quedó vaciado del mundo imaginario de la pequeña Lisa, de todas sus ficciones, de todos sus temores; en un segundo, la casa quedó vaciada de toda su sensibilidad, de todo el aliento que brotaba del rincón más oscuro, como el ratón en el cajoncito de la máquina de coser, frente al gato. Cómo, en una pesadilla, vimos a la pequeña Lisa encerrada entre rostros agotados, amargos, tristes que se superponían, se confundían, formando un solo rostro y un solo mal: Su Padre.
El aire salobre de allá lejos, el que ocupa el espacio entre mi mesa y el océano. El aire de exilio, ruinas y dolor, respirado por los excesos del padre de Lisa, repentinamente, me envuelve, me pesa, me ahoga, como la emanación de un gas tóxico. Y como en una pesadilla, me siento encerrada entre los rostros agotados, tristes, que se superponen, se confunden, formando un solo rostro y un solo mal: Mi padre.
Y, con lo mejor y lo peor de mí, sufrí en aquel instante y a través de los años, entre la culpa y la excusa, el amor y el rencor, la impotencia y la suficiencia, el miedo y el valor, la generosidad y el arrepentimiento. El gemido de un fantasma al que temí en el pasado, se ha añadido a las sombras de la oscuridad. Mi padre conoció el vicio, se abandonó al vicio, se dejó vencer por el vicio. Y he llegado incluso, a personificar los vicios en las alegorías religiosas. Tú debes haber sentido el tuyo también. No hay duda, aunque conozco el esfuerzo altivo para enfrentarle y también para huirle, conozco también la vacilación del alma, conozco los recursos infantiles: abro la ventana, miro la noche de estrellas, el jardín, escucho los pájaros, miro este caballete de pintura, la mesa de trabajo, las páginas escritas que temen la censura, las páginas no escritas que requieren la perfección. Incluso, en esta angustia del resistir, he descubierto nuevas áreas de mi vida. Y aunque agrande mi tragedia, aunque se
apriete el cerco interior de resistencia, he llegado a descubrir la inmensidad
del cuerpo y del espíritu en las artes plásticas del deseo y el amor. Crees
estar perdido y recibes un infinito don, como un remedio que te adormece. Y así
mi dolor, se aclara, es menos turbio.
Has leído a alguien, que no temiendo a la oscuridad, cree poder echar fuera con estas
letras las tinieblas y los fantasmas.

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