En la montaña de La Capital
Esta mañana, aquí, en la cumbre de la montaña, no existe un
lugar tan perfecto frente a la sombra de las ciudades, de las calles cuadriculadas de la Urbe, de los edificios Institucionales,
del eterno Capitolio, de la cúpula de
la Sinagoga, de la cúpula de la Catedral, de las Galerías, de los grises en la
multitud y de las alturas edificadas por la soberbia.
Aunque la luz matutina se
apague en el movimiento de la llama solar, en cada pliegue de nubes grises,
resplandece un alma bella.
Estoy tranquila, taciturna, en mi puesto de servicio, y, como en un
alegre martillazo, sobre la tarea doméstica donde la vida, la voluntad humana y sobrehumana de resistir, luchar, sufrir, son una sola fuerza de amor y creatividad. Los otros, pocos, permanecen sentados en los puestos de reunión
familiar, mis hijos y algunos de sus amigos; alegre juventud.
Y como
quien mira a su propio destino y se siente igual a él, pero, también superior a
él, ¿podría olvidar este arrobamiento?

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