domingo, 11 de septiembre de 2016





En la montaña de La Capital

Esta mañana, aquí, en la cumbre de la montaña, no existe un lugar tan perfecto frente a la sombra de las ciudades, de las calles cuadriculadas de la Urbe, de los edificios Institucionales, del eterno Capitolio, de la cúpula de  la Sinagoga, de la cúpula de la Catedral, de las Galerías, de los grises en la multitud y de las alturas edificadas por la soberbia.

Aunque la luz matutina se apague en el movimiento de la llama solar, en cada pliegue de nubes grises, resplandece un alma bella. 

Estoy tranquila, taciturna, en mi puesto de servicio, y, como en un alegre martillazo, sobre la tarea doméstica donde la vida, la voluntad humana y sobrehumana de resistir, luchar, sufrir, son una sola fuerza de amor y creatividad. Los otros, pocos, permanecen sentados en los puestos de reunión familiar, mis hijos y algunos de sus amigos; alegre juventud. 

Y como quien mira a su propio destino y se siente igual a él, pero, también superior a él, ¿podría olvidar este arrobamiento? 


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