Sombra del crepúsculo
Purificada, desnuda como una hetaira asomada en la ventana, dispuesta a
dejarse estrujar por un destino violento hasta el colmo de la vida y
más allá: un picapedrero colosal que le arroja el martillo, furioso, para que
se levante.
La derriba constantemente, la destroza y vuelve a ponerse en pie. La sondea, la quema
por dentro, la esteriliza y ella vuelve a quedar embarazada de un mundo de
fantasías. Está partida en trozos.
Venciendo a la muerte, ha permanecido en el quebranto silencioso que parece hacer de
ella, una masa más compacta que el mismo mármol en que fue esculpida. En torno,
todo es silencio. Hasta que un hábil escultor la esculpe de nuevo,
haciendo de ella una estatua de figura armoniosa, creándole un rostro tan firme
que parece esculpido de voluntad conforme al más puro mármol.
Tiene entre ceja
y ceja el enigma de sus arrugas verticales. Nadie ve si ríe o llora.

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