La
montaña de las partidas maravillosas
Cruzando un confín de montañas, atravesando bosques
de pinos y cipreses, riachuelos crecidos, trechos, dejo detrás de mí las
tareas frustrantes, y, la lánguida tristeza ¿de qué me sirve en estos instantes?
Vuelvo a aspirar su hálito silencioso, un poco más
fuerte que un susurro, frío, fresco, de pastos y flores. El espíritu la habita. Es el espíritu que
nutre la tierra y no hay quien no sienta sobrecogimiento. ¿Acaso no llenaré
el vacío que vela en mí, en las noches, allá a lo lejos, sobre la montaña
estrellada? En esto no habrá discusión alguna.

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