En diálogo con Kierkegaard
(un ejercicio espiritual, no de imitación)
Lissa:
A veces siento que camino sobre mi vida como sobre una Sabana fría,
donde cada figura de luz —la última, quizás—
se revela apenas cierro los ojos.
Y entonces el mundo, con sus casas y sus ríos,
se me vuelve un cuadro que alguien olvidó terminar.
KIERKEGAARD:
La vida es así, Lissa: un cuadro que no se termina.
Lo que ves incompleto no es fracaso,
es la invitación a mirar hacia adentro.
La verdadera obra se pinta allí,
donde nadie puede juzgar tu trazo.
Lissa:
A veces siento que todo se me diluye,
que lanzo mi propio sonido de tren al olvido
como quien se despide de sí mismo.
Y sin embargo, algo en mí se aferra al misterio,
a esa luz que no logro describir.
KIERKEGAARD:
Esa luz no se describe,
se vive.
La angustia que sientes no es enemiga,
es el vértigo de estar viva,
el espacio entre lo que eres
y lo que estás llamada a ser.
Lissa:
Entonces…
¿la belleza rota que veo en el mundo
también es camino?
¿La soledad, la pérdida, el silencio?
KIERKEGAARD:
Sí.
La belleza rota es puerta,
la soledad es cátedra,
el silencio es altar.
Y quien se atreve a mirarlos sin huir
ya está caminando hacia su verdad.
Lissa:
Me disipo, a veces.
Pero hay instantes —muy breves—
en los que siento que la vida es más rica
cuando la contemplo desde el alma.
KIERKEGAARD:
Ese es tu don.
No escribes para ser leída;
escribes para ver.
Tu mirada es tu oración.
Tu dolor, tu lámpara.
Tu palabra, tu fidelidad a ti misma.
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