Fin de un Verano Eterno
¿Soy de ayer? ¿Soy de hoy? ¿Soy de
mañana? ¿De una ciudad borrada por el olvido?
Es un recuerdo que viene de lejos,
como una oleada en el pecho que no se puede contener… A cada vuelta, repasando
viejas fotografías, voy con recatados pasos allí donde estuvo mi dormitorio
junto a las ventanas selladas. Tengo colmado el corazón de una dulzura tan pura que me hace cruzar
el umbral hasta mi infancia:
Era una casa solitaria. Era una noche de abril. Sigilosa como una leona nocturna que
cruza la pradera, cuando me acerco al lecho de mis sufrimientos, mis pisadas se
hacen más leves sobre el piso de baldosas de cemento.
Doy vueltas entre las cuatro paredes. La veo dormida acurrucada
en su cuna de inocencia. A cada vuelta pasando frente a la luna del espejo, descubro en la
sombra su rostro pálido-canela y aquellas lágrimas que no caen una sola gota.
Me detengo. El silencio es perfecto,
igual en la luz y en la sombra, donde he sufrido, esperado, luchado con los
monstruos, hablado con los ángeles, sangrado, llorado; es allí, donde descansa
ella. ¡Qué pequeña es esta noche! No pesa más que la pequeña Lissa de abundante
cabellera sujeta a un cintillo y echada hacia atrás.
La historia de mi lugar de origen
está encerrada en mí y aparece de pronto en el desgarro de la herida del pecho
que arde por dentro. ¡No importa! De cualquier manera trato de que nadie lleve
mi carga de nostalgia y de esperanza… ¿acaso hay entre ustedes gente de mar con
velas y remos -que no se necesitan- para
abordar en el puerto de la Amurallada Ciudad?

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