sábado, 23 de abril de 2016



La primera luz de la mañana

"Aquí estoy. No quisiera hoy pronunciar otra palabra."

Aquí está la mujer, que ha abandonado todo lo suyo y que lo ha olvidado todo de sí, entre tanta bajeza y tristeza, por la búsqueda de una razón de vivir, de crear, de entregarse y de morir, para ser libre y renovada  al servicio de la causa más noble, más dulce y más bella: sus hijos.

"Tengo el sol y el viento de frente. Estoy en un agro circundado de ruinas y escombros que me recuerda todos los obstáculos por saltar. Viene el olor de la primavera, afuera se oye el canto de los pájaros, el susurro de los árboles, los ladridos de perros, la tormenta que se avecina; como en la melodía del violinista Vivaldi.  Buena señal.

Me escudriñas. Sí, es cierto. No sé si mi rostro está pálido de tristeza o encendido de felicidad. Pero seguramente arde en mí un demonio, mi demonio, sintiéndole crecer por el dolor no mermado.

¡Basta! Ellos irán delante: mis hijos. Y aunque no he medido nunca las fuerzas en esta ardua tarea, sé que somos pocos contra el mundo. Pero estoy aquí. Me quedo. Me quedaré mientras tenga aliento en la boca. Erguida en pie, o tendida en tierra. Siguiendo la ruta de Oriente, así la oscuridad sea densa. Y mientras tanto, solo te pido, dame un sorbo de tu manantial límpido, que me quite la sed y me cure el alma."


Acepta mi ofrenda. 

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