20 Años
En la Amurallada Ciudad, el tres de abril de 1996.
Al nacer fue amordazado por la muerte.
Desde lejos. Aquel barco zarpó del puerto de Nápoles hacia la ciudad libre.
Y en esta orilla, sobre el temblor del mar Caribe, en
la solitaria playa donde se escucha aullante la mar, en pie está mi padre. Fijo en esa
tierra lejana, que solo vivió para sus recuerdos, de amor y tormento. Está esperando,
desesperando la vida del otro lado, como el oleaje enorme.
Miraba sin decir palabra. Con frecuencia, con un gesto brusco alzaba la barbilla recta, absorto en
no sé qué recuerdos remotos, olvido del retorno, canto de despedida. Tenía él los ojos de un salvaje azul genciana, los labios finos y apretados
cubriendo una dentadura apta para la fuerte presa; el pelo rubio, liso y delgado sobre las sienes; la nariz recta; amplia y potentísima mandíbula, ancha y
cuadrada. La acritud de la sangre envenenada por el alcohol, coloreaba sus
mejillas agitando la manzana de Adán en su cuello.
¿Se podrá morir con alegría después de haber vivido los horrores de la guerra?
¿Se podrá morir con alegría después de haber vivido los horrores de la guerra?
Era el mediodía. Quizá la naturaleza había puesto en mí una gracia sencilla que le serenó. Y en medio de mi espanto y terror, se
sacudió de dolor saltando al cielo.
A las 14 horas hablé a mis hermanos confirmando su
partida y organizando con prontitud todos los servicios fúnebres. Las lágrimas
y la tristeza fueron una sola cosa.
Nada podrá cambiar ni doblegar el destino que Di-s
ha trazado en esta tierra desdichadísima.

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