jueves, 14 de abril de 2016


Fin de un Invierno Eterno

Me encontraba en lo alto de una terraza, cuando el olor de la lluvia, era el mismo olor del Caribe, olor a sal y arena, a palma y a coco, que me subía desde el fondo de no sé qué otra vida mía, y que tenía la virtud de transportarme hacia su remoto origen. 

Qué sombrío recuerdo me domina de aquel entonces, un recuerdo mucho más difícil que la interpretación de ciertos mares grises donde espuma la marea contra la corriente y el frenesí del mar prendiéndome las entrañas, como a un prisionero ante un día de invierno que hierve bajo el aguacero abundante y sin frío, y, que desde los barrotes, ve brillar los colores del almíbar al ver pasar la carreta del vendedor de raspa’ oY no, sin antes, un estremecimiento intentando  captar lo infame:


“En un patio tapiado y cuadrado como una cancha, encerrado entre muros impregnados de humedad que emanan pátinas semejantes a crestas de olas sin playa, diviso, en pie, en el umbral de aquella lúgubre reja...; -¡Qué tremendo es el resplandor del mediodía!-; Lissa, servil del silencio, presa del yugo y a todo lo que era mentira, temiendo hablar para que el nudo de la garganta no se le soltara. -¡Ay de mí!-, pasos abreviando la escena:


_Me disgusta dejarte ir sin tus hijos_ le dijo la buena señora con la voz insólitamente conmocionada, con su mentira amable, con su ánimo bien construido.

De inmediato, turbándola como una señal de oscuro presagio, y, mirándola con sonrisa melancólica que removía todas las arrugas de su rostro, la dulzura de aquella señora, érame tan querida que se me oprimió el corazón cuando afectuosamente tomó a Lissa de la mano, ante su desesperación sacrílega, llena de repugnancia:

_Oh, Lissa, trata de comprender. No te aflijas ni te atormentes tanto. Así te sabrás liberar. Y cuando seas libre, no tendrás que vencer más que a ti misma para ir más allá de ti, para subir más alto que tú. ¡Sé libre!"_ Suspiró la buena señora, dejando que su mano temblara como una hoja en la suya casi hecha un comienzo de esqueleto.  

La humillación de tener que entregar a sus pequeños hijos a cambio de su libertad, resplandeció aún más que el sol, cuando se inclinó y aprestó sus manos  para colocar sobre los dedos de Lissa aquel espléndido anillo de diamantes que le puso en sus manos,fabricado por los joyeros de Roma y, que parecía simbolizar el uróboro perpetuo de su destino."


De las años que siguieron, me quedó el recuerdo en medio del alma, del suspiro frío y senil, el roce de los cabellos blancos de la abuela paterna de mis hijos que parecía no haberse borrado de mi cara, como si siguiese peregrinando  por  aquellos hilos de plata entre los escasos cabellos de alguien que en mi memoria se convertiría solo en fábula de la vejez.


Abro el cajoncito de mi mesa de noche y tengo entre mis dedos, una de las pocas cosas que he conservado a modo de fetiche. Saco del estuche el anillo uróboro, no sin un estremecimiento supersticioso, como si esperara encontrar en la pequeña esfera infinita todos los fantasmas, todas las escorias y la humillación ofensiva que se desprendió cruel y despiadado y que tuvo el gesto de templarme en el dolor y en la vergüenza contra todas aquellas oscuras fuerzas que de golpe, me asediaron. ¡Santo Di-s!

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