Fin de un Invierno Eterno
Me encontraba en lo alto de una terraza, cuando el olor
de la lluvia, era el mismo olor del Caribe, olor a sal y arena, a palma y a
coco, que me subía desde el fondo de no sé qué otra vida mía, y que tenía la
virtud de transportarme hacia su remoto origen.
Qué sombrío recuerdo me domina de
aquel entonces, un recuerdo mucho más difícil que la interpretación de ciertos
mares grises donde espuma la
marea contra la corriente y el frenesí del mar prendiéndome las entrañas, como a un prisionero ante un día de invierno que hierve bajo el aguacero abundante y sin frío, y, que desde los barrotes, ve brillar los colores del almíbar al ver pasar la carreta del vendedor de raspa’ o. Y no, sin antes, un estremecimiento intentando captar
lo infame:
“En un patio tapiado y cuadrado como
una cancha, encerrado entre muros impregnados de humedad que emanan pátinas
semejantes a crestas de olas sin playa, diviso,
en pie, en el umbral de aquella lúgubre reja...; -¡Qué tremendo es el
resplandor del mediodía!-; Lissa, servil del silencio, presa del yugo
y a todo lo que era mentira, temiendo hablar para que el nudo de la garganta no
se le soltara. -¡Ay de mí!-, pasos abreviando la escena:
_Me disgusta dejarte ir sin tus
hijos_ le dijo la buena señora con la voz insólitamente conmocionada, con su mentira amable, con su ánimo bien construido.
De inmediato, turbándola como una señal de oscuro
presagio, y, mirándola
con sonrisa melancólica que removía todas las arrugas de su rostro, la dulzura
de aquella señora, érame tan querida que se me oprimió el corazón cuando
afectuosamente tomó a Lissa de la mano, ante su desesperación sacrílega, llena
de repugnancia:
_Oh, Lissa, trata de comprender. No
te aflijas ni te atormentes tanto. Así te sabrás liberar. Y
cuando seas libre, no tendrás que vencer más que a ti misma para ir más
allá de ti, para subir más alto que tú. ¡Sé libre!"_ Suspiró la buena
señora, dejando que su mano temblara como una hoja en la suya casi hecha un
comienzo de esqueleto.
La
humillación de tener que entregar a sus pequeños hijos a cambio de su libertad,
resplandeció aún más que el sol, cuando se inclinó y aprestó sus manos para colocar sobre los dedos de Lissa aquel espléndido anillo de diamantes que le puso en sus manos,fabricado por los joyeros de Roma y, que parecía simbolizar el uróboro
perpetuo de su destino."
De las años que siguieron, me quedó
el recuerdo en medio del alma, del suspiro frío y senil, el roce de
los cabellos blancos de la abuela paterna de mis hijos que parecía no haberse borrado de mi cara, como si
siguiese peregrinando por aquellos hilos de plata entre los escasos cabellos
de alguien que en mi memoria se convertiría solo en fábula de la vejez.
Abro el cajoncito de mi mesa de noche y
tengo entre mis dedos, una de las pocas cosas que he conservado a modo de fetiche.
Saco del estuche el anillo uróboro, no sin un estremecimiento
supersticioso, como si esperara encontrar en la pequeña esfera infinita todos los fantasmas, todas las escorias y la humillación ofensiva que se desprendió cruel y despiadado y que tuvo el gesto de templarme en el dolor y en la vergüenza contra
todas aquellas oscuras fuerzas que de golpe, me asediaron. ¡Santo Di-s!

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