Casa Alta
Ayer, al pasar frente a la torre del reloj, desesperadamente
un gato vagía como un niño sobre el tejadillo de una Casa Alta.
De repente, un ruido de vehículo que vagaba por las callejuelas entrando por la calle de La Amargura,
al pasar por debajo del rayo de un farol súbitamente encendido, tenía él unos
ojos grandes y límpidos, de modo que nuestras miradas se mezclaron
naturalmente como si fueran a disolverse en un solo parpadeo. Y fue como un
rocío de paz para mi alma remendada que solo conocía del rocío de las noches
caribeñas.
De ese buen hombre una parte quedó adherida a mí y otra, se
puso las alas recias y fuertes emprendiendo los mil y un caminos azules, volando hacia la aventura desde el otro lado de los mares, desde los desiertos y las montañas,
venciendo los obstáculos, abriendo sendas sin pisadas, rutas sin estelas y sin
distancias que lo desalentaran a la conquista de su amada que volaba junto a él.
A la llamada del amor, respuesta de amor.
Hoy, en el tiempo fugaz bajo el cielo de paz, el espacio está
vacío, las alas rotas y envejecidas que solo secundan el verdadero sentido de la vida;
ése anhelo de ascender a pesar de la fatiga y el dolor hacia la conquista del
espíritu. No escucha ya la llamada de los corazones fraternos y amorosos, de las melancolías
mutiladas y agonizantes; precisamente para ir más alto y más allá hacia lo intrínseco, para intentar lo jamás intentado,
para aventurarse en lo nunca explorado, guiada por la señal segura de todas las
rutas prodigiosas, por ese camino cerúleo de los victoriosos del cielo.
¿Por qué quieres apagar tu vida?

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