Y en mi silencio pensé:
“Ella me pertenece solo a mí. Las trenzas que escapan de sus sienes, sus pies como alas de gaviota y el color de sus ojos azules cuando me miran, tienen la fuerza misteriosa como rocío en mi corazón.”
¿Acaso será más querida la hija engendrada con penas y dolor?
¿Acaso será más querida la hija engendrada con penas y dolor?
Después de
haber reclamado tantas veces y cansada en sermonear, no debo justificarme al
pensar que con actitudes distintas, más que con palabras hubiera logrado el regreso de mi hija, después de ocho años de ausencia bajo la patria potestad concedida a su padre como senador. Hoy, es el amor desbordado ante el mutismo entorno a mi hija, mientras nuestras luchas no solo
no han terminado, sino que están en su período culminante.
Si antes
del quebranto, mi frente era dura, hoy es siete veces más dura, desde que fui despojada de mi hija, por él y la
canalla de su mujer, quien culta o ignorante, ramera o no ramera, seguirá vilipendiándome en todos los rincones del país.
Recuerdo: Hace
10 años, pocas semanas después de nuestra separación, cuando fijaba mi nuevo
proyecto de vida: por la gracia de Di-s, quien abre y cierra las puertas del
destino, y en medio de aquellos ires y venires, afortunadamente la puerta humana
no se abrió, contrario a eso, sobre tanta disputa y riña, sobre consejos expresos
y manuales, sobre tantos dentados apetitos, y como formado por el hálito mismo
de la noche serena, del arrebato del viento nocturno, entre constelaciones
sobre la montaña, surgió un nuevo deseo en mí de entregarme a la vida noble del
espíritu:
“¿Si estamos en
lucha y tenemos que seguir luchando, para crear y vencer, acaso no es necesario
que elevemos esa lucha a la región del espíritu?”
También quiero
decir, que esta decisión tomada, después de renunciar a todo lo mundano, me dio más fuerzas en aquellos días de ayuno y
de rodillas, que pudieron darme los aplausos y los elogios en medio del estatus profesional, social y económico en que me encontraba. Y aunque haya quien hable de no sé qué
caída mía, pienso, que hay junto a mí, junto a mi lecho vacío, junto a la almohada que se petrifica, junto a mi
solitaria vida, una caída mística, un arcángel que no permite ser derribada a
golpes o por enfermedades.
Hago silencio. No
me gusta llamar la atención a los hombres. Efectúo mi labor en silencio. Y me
retiro aparte sólo con amor, resuelta a superar los obstáculos. No, no necesito
que descifres mis letras. Despliego en mí, y en mi escrutinio los más
escondidos repliegues de mi tristeza, sueltos en la impronta de la madurez. Y
además, que sean comprendidos o no mis silencios, que sean elogiados o
desaprobados, no me importa.
Una página de mi diario está aquí. Son mías y recientes estas
palabras que conservan aún el calor discreto de mis lágrimas, esculpidas por el
dolor al ser lastimada por la traición.

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