miércoles, 24 de febrero de 2016




Y en mi silencio pensé:
Ella me pertenece solo a mí. Las trenzas que escapan de sus sienes, sus pies como alas de gaviota y el color de sus ojos azules cuando me miran, tienen la fuerza misteriosa como rocío en mi corazón.

¿Acaso será más querida la hija engendrada con penas y dolor?


Después de haber reclamado tantas veces y cansada en sermonear, no debo justificarme al pensar que con actitudes distintas, más que con palabras hubiera logrado el regreso de mi hija, después de ocho años de ausencia bajo la patria potestad concedida a su padre como senador. Hoy, es el amor desbordado ante el mutismo entorno a mi hija, mientras nuestras luchas no solo no han terminado, sino que están en su período culminante.

Si antes del quebranto,  mi frente era dura, hoy es siete veces más dura, desde que fui despojada de mi hija, por él y la canalla de su mujer, quien culta o ignorante, ramera o no ramera, seguirá vilipendiándome en todos los rincones del país. 

Recuerdo: Hace 10 años, pocas semanas después de nuestra separación, cuando fijaba mi nuevo proyecto de vida: por la gracia de Di-s, quien abre y cierra las puertas del destino, y en medio de aquellos ires y venires, afortunadamente la puerta humana no se abrió, contrario a eso, sobre tanta disputa y riña, sobre consejos expresos y manuales, sobre tantos dentados apetitos, y como formado por el hálito mismo de la noche serena, del arrebato del viento nocturno, entre constelaciones sobre la montaña, surgió un nuevo deseo en mí de entregarme a la vida noble del espíritu: 


“¿Si estamos en lucha y tenemos que seguir luchando, para crear y vencer, acaso no es necesario que elevemos esa lucha a la región del espíritu?”

También quiero decir, que esta decisión tomada, después de renunciar a todo lo mundano, me dio más fuerzas en aquellos días de ayuno y de rodillas, que pudieron darme los aplausos y los elogios en medio del estatus profesional, social y económico en que me encontraba. Y aunque haya quien hable de no sé qué caída mía, pienso, que hay junto a mí, junto a mi lecho vacío, junto a la almohada que se petrifica, junto a mi solitaria vida, una caída mística, un arcángel que no permite ser derribada a golpes o por enfermedades.

Hago silencio. No me gusta llamar la atención a los hombres. Efectúo mi labor en silencio. Y me retiro aparte sólo con amor, resuelta a superar los obstáculos. No, no necesito que descifres mis letras. Despliego en mí, y en mi escrutinio los más escondidos repliegues de mi tristeza, sueltos en la impronta de la madurez. Y además, que sean comprendidos o no mis silencios, que sean elogiados o desaprobados, no me importa.


Una página de mi diario está aquí. Son mías y recientes estas palabras que conservan aún el calor discreto de mis lágrimas, esculpidas por el dolor al ser lastimada por la traición.  



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