lunes, 15 de febrero de 2016



En pie, en lo alto de la escalinata no contengo el sobresalto.

En cada contrario y marcado escalón emprendo la ruta hacia la perturbada vida.

¡Oh! fiebre de metrópolis violenta, gritos, lágrimas y sangre de las catástrofes, retumbar de fusiles sobre la Capital nocturna,

donde monstruos de acero se yerguen henchidos a la inmortalidad de las estrellas,

donde flota el olor nauseabundo de los continentes en medio del gran montón de carne conmovidos por la supervivencia.

Solo en la solitaria playa, río o quebrada.

Solo entre las montañas o el sombrío valle,

 allí se aquieta mi apocada alma;

y con amor la sacude, y llora y ríe y teme o se serena.

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