En pie, en lo alto de la escalinata no contengo el sobresalto.
En cada contrario y marcado escalón emprendo la ruta hacia la perturbada
vida.
¡Oh! fiebre de metrópolis violenta, gritos, lágrimas y sangre de las
catástrofes, retumbar de fusiles sobre la Capital nocturna,
donde monstruos de acero se yerguen henchidos a la
inmortalidad de las estrellas,
donde flota el olor nauseabundo de los continentes en medio del gran montón de carne conmovidos por la supervivencia.
Solo en la solitaria playa, río o quebrada.
Solo entre las montañas o el sombrío valle,
allí se aquieta mi apocada alma;

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