Confesiones
Cuando más sentí el sufrimiento de la carne dolorosa disolverse sin resistencia en aquellas horas
solitarias, milagrosamente el deseo de mi alma tocó el cielo y mi cuerpo
parecía convertirse en algo espiritual, casi alado, ondeando una pronta alegría.
Más arriba, siempre más arriba, en la
cúspide del cielo, tendí mi espíritu para percibir su gloriosa voz, su
magnificencia, su esplendor, su misericordia y su gran amor.
A todo eso puedo expresar en devoción pura, una sonrisa que
he aprendido precisamente en esta tierra y que he visto en los labios cálidos
de los niños, que recuerda la primavera.

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