"He venido para mirarte a la cara, de hombre a mujer, y me
planto aquí sobre este Viejo Café, en el corazón de esta plaza, queriendo
formar una sola alma junto a ti, como aquella mañana.”
Las manos del "otro" me hablaban con rapidez y
claridad.
“¿Notas en el aire aquel
mismo olor a café?”
“¿Te acuerdas de esta canción nuestra?"
“Decirte otra vez cuánto te admiro y cuánto te quiero, resultará
vano. Te lo he dicho ya cien veces. Lo mismo que la otra vez, en la mesa de
nuestros amigos, te hablé también a ti, ausente. Tenías mi corazón desnudo en
la palma de la mano. También hoy lo tengo. Es tuyo. Lo sabes.”
Y el resto fue silencio
impenetrable.

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