Y todo cambia
Lo recuerdo. Desde entonces
aquel salto, del pequeño muchachote de la Amurallada Ciudad que ansiaba saciarse de dulces y soñaba con barcos enterrados en la Isla del Pirata, al joven
estudiante universitario de la Gran Capital. Quizá no hay niño que sueñe amores
lejanos y lascivias con mujeres de ojos desmesuradamente pintados, en la noche iluminada,
no por las estrellas sino por lucecitas falsas de cigarros, que no quieren
ceder a la madrugada, estrujados por los dedos sucios.
_Mamá. Ya tengo edad. Quiero ser libre y dueño de mis días, y juez de mi destino.
Se sintió inquieto y asombrado, en la hora de la guitarra,
ante la ofensiva de mi furia autoritaria:
_Ya verás, ya verás. ¡Ay de ti, como mientas y te atrevas! ¿Entiendes?
_He comprendido perfectamente._ dijo. Y no tenía ya su mirada de ayer, en aquel color castaño.
Un jarro de silencio y aquella habladuría musical de
embriaguez y charlas de seducción perversa cerraron la noche.

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