miércoles, 10 de febrero de 2016



Y todo cambia


Lo recuerdo.  Desde entonces aquel salto, del pequeño muchachote de la Amurallada Ciudad que  ansiaba saciarse de dulces y soñaba con barcos enterrados en la Isla del Pirata, al joven estudiante universitario de la Gran Capital. Quizá no hay niño que sueñe amores lejanos y lascivias con mujeres de ojos desmesuradamente pintados, en la noche iluminada, no por las estrellas sino por lucecitas falsas de cigarros, que no quieren ceder a la madrugada, estrujados por los dedos sucios.

 _Mamá. Ya tengo edad. Quiero ser libre y dueño de mis días, y juez de mi destino.

Se sintió inquieto y asombrado, en la hora de la guitarra, ante la ofensiva de mi furia autoritaria:

_Ya verás, ya verás. ¡Ay de ti, como mientas y te atrevas! ¿Entiendes?

_He comprendido perfectamente._ dijo. Y no tenía ya su mirada de ayer, en aquel color castaño.

Un jarro de silencio y aquella habladuría musical de embriaguez y charlas de seducción perversa cerraron la noche.


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