miércoles, 11 de noviembre de 2015

 6 a. m.
Llega la hora del sobresalto con la hora exacta del sol. No me atrevo mirar a La Capital ruidosa, la ciudad de asaltantes que roban y gritan ebrios de saqueo y de mortandad, adornada por un río de autos como collares de perlas ensartadas por sus joyeros, a través de siglos. Forzosamente se ha perdido en nuestro corazón, el amor por aquella ciudad de cipreses altos y ruidosos de viento,  siluetas de rojas mansiones, campaniles, cúpulas, torres, y de la nobleza de sus montañas lejanas. Hoy, se rojea oscura, fría, tomando el aspecto de empinadas moles grises.     

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