6 a. m.
Llega la hora del sobresalto con la hora exacta del sol. No me atrevo
mirar a La Capital ruidosa, la ciudad de asaltantes que roban
y gritan ebrios de saqueo y de mortandad, adornada por un río de autos como
collares de perlas ensartadas por sus joyeros, a través de
siglos. Forzosamente se ha perdido en nuestro corazón, el amor por aquella
ciudad de cipreses altos y ruidosos de viento, siluetas de rojas
mansiones, campaniles, cúpulas, torres, y de la nobleza de sus montañas
lejanas. Hoy, se rojea oscura, fría, tomando el aspecto de empinadas moles
grises.

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