_ ¡Ese hombre es imposible!_ dijo Lissa, mientras observaba, sorprendida, las
flores que Santiago le había enviado para agasajarla en su cumpleaños.
Hacía calor en las callecitas que nunca callan de la
Amurallada Ciudad donde se hablaba siglos
antes sobre la soledad legendaria de las encopetadas señoras de alma española,
sin consuelo, en una tierra inicuamente invadida y usurpada sus tribus indígenas
por el poder y yugo monarcal. Era una tarde de agosto. Un rayo de sol entraba por aquella ventana escueta
de bolillos delgados. El tiempo era completamente
primaveral, con soplos de brisa que venían desde la mar Caribe.

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