jueves, 26 de noviembre de 2015



_ ¡Ese hombre es imposible!_ dijo Lissa, mientras observaba, sorprendida, las flores que Santiago le había enviado para agasajarla en su cumpleaños.

Hacía calor en las callecitas que nunca callan de la Amurallada Ciudad donde se hablaba siglos antes sobre la soledad legendaria de las encopetadas señoras de alma española, sin consuelo, en una tierra inicuamente invadida y usurpada sus tribus indígenas por el poder y yugo monarcal. Era una tarde de agosto. Un rayo de sol entraba por aquella ventana escueta de bolillos delgados. El tiempo era completamente primaveral, con soplos de brisa que venían desde la mar Caribe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario