Fantasmas del Holocausto
Quizá aquí vuelvo a morir: El corazón
me late tan de prisa que creo morir. La tristeza cargada de años me abate el corazón, y pido un sorbo de
agua del Jordán.
Inclino el rostro lacrimoso, acerco
los labios a ese cántaro, bebo “agua del corazón” lágrimas que empañan el
hielo de sangre que gotea, lavando la carne y el alma...
El corazón se ha calmado pero muero de tristeza. Nadie me impide beber del pasado, un nuevo año más. Hoy, es un día cualquiera de enero, pero
lleno de significado.
Heil Hitler! grita el verdugo implacable que lleva resplandeciente su uniforme y rostro de guerra. El
demonio ha vuelto a encender en el fondo de los recuerdos todos sus fuegos; hirviendo,
candente, rebosante salta y vuelve a saltar. Sopla la triste hoguera
con toda su locura, como en las más desesperadas horas de martirio en el
límite de la quemazón, con fragor de tempestad. En lo profundo del fragor una
melodía lúgubre y misteriosa se dibuja, se extiende, fluye, y en la pausa del asalto domina haciéndose más clara. Es potente como
un canto soberano. Mi oído flota sobre aquella composición musical clásica.
Por contraste, ¿tocan las orquestas de los
prisioneros la música de opereta junto a las cámaras de gas para ocultar la
belleza del rezo de los viejos, mujeres y niños, que engullen las
llamas?
¿Cuánto tiempo ha pasado?
Vigila y ten paciencia. Dios está
con ellos en ese lugar solitario estrecho, de ladrillos ennegrecidos. En ese terreno
helaje aquí y caliente allá, negruzco, cubierto de leves capas de cenizas blanquecinas donde se respira la llama; se percibe el olor de los huesos quemados; se oye el
crepitar, el crujir y el jadeo. Donde el cuerpo debilitado se humilla, los puños y
las mandíbulas se aferran a los alambrados con sus púas enemigas que desgarran las
muñecas, los cuellos, los cuerpos que se desploman abandonados a la muerte. El resto de prisioneros, son como banderas desgarradas e izadas en frágiles
ramas de árboles, con sus túnicas de cáñamo rayadas, abigarradas de frío, de sudor,
de sangre y de fuego.
Ahora el viento aumenta. El sol está
oscurecido. Veo en el cielo mudo levantarse la larga tromba exigua y ondulante de un torbellino silencioso que levanta las cenizas a gran altura. Se disipa. Se alza otra más lejos que en una pausa del viento se desvanece. Y surge otra más lejana,
y otra más, y otra. Vacilan silenciosas por el aire ardiente; se agitan, se
sueltan se dispersan. Son los fantasmas del Holocausto. Lo que no muere. Torbellino
fúnebre que levanta la ceniza muerta. Torbellino de humo oscuro que ocupa el aire,
asalta el sol y todo el borde de las nubes humeantes se doran. Y otros torbellinos que aparecen bajo el fuego que no quema. Fuego que lame el rezo fresco. Fantasmas callados que crecen en el silencio del cielo despejado. ¿Vence el sol?
Todo queda devorado. Todo es negro
tizón, brasa y ceniza ardiente. El silencio espera. ¿Habrá esperanza? Finalmente el fuego
muere. ¡El fuego ha muerto! Y, cada año, sopla el viento marcado por la muerte.
¿Cuándo tendrá fin este suplicio de los recuerdos?
Homenaje a Wladyslaw Szpilman el pianista de Varsovia
"Uno no puede evitar preguntarse una y otra vez cómo puede haber tanta gentuza entre los nuestros. ¿Es que han dejado salir a los criminales y a los lunáticos de cárceles y asilos, y los han enviado aquí para que actúen como sabuesos? No, son personas de cierta relevancia dentro del Estado quienes han enseñado a compatriotas en principio inofensivos a actuar así. El mal y la brutalidad están al acecho en el corazón humano. Si se les permite desarrollarse libremente, prosperan y echan terribles retoños, ideas como las que son necesarias para asesinar así a los judíos y los polacos." Frase de Wladyslaw Szpilman

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