viernes, 20 de enero de 2017






_ ¿Qué decías tú del hombre?

_ ¿Es que no lo entiendes? ¡Ha habido demasiadas mujeres en su vida!

_ ¡Ah, bueno…! Pero yo me refiero es al hombre estrella del  reality show, ese al que cada día observábamos en The Apprentice y la prensa exaltaba, ese que dice estar del lado de su pueblo ¿no sigue siendo, sin embargo, desconocido como para poder confiar en él?

_Me refiero al hombre, y sus mozas… _recalcó mi amiga.

_Y yo, al hombre que siguen como al superhombre, le obedecen, y participan con él. Claro, él no sería presidente  sin ellos.

_ ¡Pues no lo sé, Lissa! ¡No lo tengo claro! _estalló.

_Pero ¿qué dices? –me sorprendí_. ¿Me he perdido de algo…?

Era una tarde de café, veinte de enero de 2017: vientos de guerra se esparcían desde el norte, mientras un inmenso velo blanco de palomas  volaban por las simas de las cordilleras andinas y sobre la plaza principal del infierno Capitalino. La vida fluía, no dejaba de ser ridículo que me rebatiera con aquello de que el presidente del País del Norte, había coleccionado un surtido variado de ex-amantes prepagos y yo estuviera insistiendo en el superhombre que como fuerza generadora e invisible, pero vidente, estuviera hirviendo, en ese preciso momento, en la profundidad de las multitudes, de un pueblo que no se reconocía en ese superhombre revelado y celebrado; y, por otra parte, constituyendo la historia de su raza y de su Nación, la de una minoría verdaderamente grande y poderosa que forja a sus ídolos a semejanza de ellos, con la pura esencia de un héroe,  de un magnífico señor que se viste de finos paños, que goza de su bella Casa Blanca y de sus preciosos jardines Jacqueline Kennedy Garden, que coloca delante de él delicados vinos y exquisitos manjares en platos de oro, teniendo la casa llena de tapetes de seda persas, y vestida de damascos, brocados, terciopelos, de verde esmeralda, el amarillo trigo, el rojo púrpura, el negro cuervo y el verdi-negro mezclado de oro; además de concubinas que al mirar a sus ojos se sienten íntimamente turbadas pues ven ellos, el palacio de un reino donde todas las luces están encendidas, excepto una y, junto a esa luz apagada, se esconde el verdugo; de músicos; con aromas; con autos-bestias blindados; con todas las cosas bellas que alegran la vida del hombre. Cada día al despertarse, nuevos deseos se abrirán en su carne como manantiales de gozo...

_No se habrá acostado con un hombre, ¿verdad? _pregunté con voz trágica, después de unos segundos de silencio.

Se inclinó y hablo despacito: _...podría pensar que sí.

_ Pero ¿qué dices? _me espanté, al tiempo de no poder contener la 
risa._ ¿qué tonterías estarás diciendo, amiga? _pregunté fascinada e incorporándome tranquilamente para pedir la cuenta.

_ ¡Pues claro!_ se puso de pie de un salto. ¿Por qué no?

_ ¡No puede ser! dije, con gesto seguro. Ya en su su campaña presidencial, Los Medios se hubiesen encargado de divulgarlo.

La dulzura del café transformó aquella tarde, a fin de cuentas, por insignificante que fueran estas latitudes para el País del Norte,  en un momento que desconoció la prisa, el estrés, la lucha diaria por sobrevivir en un mundo convulsionado; y la tarde discurrió con placidez.

Y mientras, en el lejano país del doble mar, el hombre no podía creer semejante maravilla, incrédulo, encaminó sus pasos hacia el lugar de los cantores que entonaban un canto festivo, permaneció escuchando, rodeado de sus escoltas. Después hizo una seña al jefe de los músicos para que interrumpiera el coro, y le dijo: 

“El que compuso este canto debió conocer la felicidad.” 

Himnos tales, que al escucharlos, creyó ser el presidente, no solo el de una potencia mundial, si no, de toda la humanidad, porque nunca se elevaron tantos sus pensamientos ni jamás momento como ese, ni riqueza alguna, ni su bellísima compañera de vida y de goce, a semejanza de una virgen regia; conmovió su corazón. El hombre magnífico  dijo: 

“Toca ahora un concierto estrepitoso”

Se dispuso a subir al estrado para espiar la tierra y el mar, las sombras de las blancas columnas Jefferson, heridas por el esplendor, se alargaban al declinar el sol. Luego celebró en aquella noche un gran festín, con músicos y con danzas, bajo la voluptuosidad de los placeres imposibles de la tierra.


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