_ ¿Qué decías tú del hombre?
_ ¿Es que no lo entiendes? ¡Ha habido
demasiadas mujeres en su vida!
_ ¡Ah, bueno…! Pero yo me refiero es al
hombre estrella del reality show, ese al que cada día observábamos
en The Apprentice y la prensa exaltaba, ese que dice estar del lado de su pueblo
¿no sigue siendo, sin embargo, desconocido como para poder confiar en él?
_Me refiero al hombre, y sus mozas…
_recalcó mi amiga.
_Y yo, al hombre que siguen como al superhombre, le obedecen, y participan
con él. Claro, él no sería presidente sin
ellos.
_ ¡Pues no lo sé, Lissa! ¡No lo tengo
claro! _estalló.
_Pero ¿qué dices? –me sorprendí_. ¿Me he
perdido de algo…?
Era una tarde de café, veinte de enero
de 2017: vientos de guerra se esparcían desde el norte, mientras un inmenso velo blanco de palomas volaban por las simas de
las cordilleras andinas y sobre la plaza principal del infierno Capitalino. La
vida fluía, no dejaba de ser ridículo que me rebatiera con aquello de que el
presidente del País del Norte, había coleccionado un surtido variado de
ex-amantes prepagos y yo estuviera insistiendo en el superhombre que como fuerza
generadora e invisible, pero vidente, estuviera hirviendo, en ese preciso momento, en la profundidad de
las multitudes, de un pueblo que no se reconocía en ese superhombre revelado y
celebrado; y, por otra parte, constituyendo
la historia de su raza y de su Nación, la de una minoría verdaderamente
grande y poderosa que forja a sus ídolos a semejanza de ellos, con la pura esencia de un héroe,
de un magnífico señor que se viste de
finos paños, que goza de su bella Casa Blanca y de sus preciosos jardines Jacqueline Kennedy Garden,
que coloca delante de él delicados vinos y exquisitos manjares en platos de oro, teniendo
la casa llena de tapetes de seda persas, y vestida de damascos, brocados, terciopelos, de verde esmeralda, el amarillo trigo, el rojo púrpura, el negro cuervo y el verdi-negro mezclado de oro; además de concubinas que al mirar a sus ojos se sienten íntimamente turbadas pues ven ellos, el palacio de un reino donde todas las luces están encendidas, excepto una y, junto a esa luz apagada, se esconde el verdugo; de músicos; con
aromas; con autos-bestias blindados; con todas las cosas bellas que alegran la
vida del hombre. Cada día al despertarse, nuevos deseos se abrirán en su
carne como manantiales de gozo...
_No se habrá acostado con un hombre,
¿verdad? _pregunté con voz trágica, después de unos segundos de silencio.
Se inclinó y hablo despacito: _...podría
pensar que sí.
_ Pero ¿qué dices? _me espanté, al
tiempo de no poder contener la
risa._ ¿qué tonterías estarás diciendo, amiga?
_pregunté fascinada e incorporándome tranquilamente para pedir la cuenta.
_ ¡Pues claro!_ se puso de pie de un
salto. ¿Por qué no?
_ ¡No puede ser! dije, con gesto seguro. Ya en su su campaña presidencial, Los Medios se hubiesen encargado de divulgarlo.
La dulzura del café transformó aquella
tarde, a fin de cuentas, por
insignificante que fueran estas latitudes para el País del Norte, en un momento
que desconoció la prisa, el estrés, la lucha diaria por sobrevivir en un mundo
convulsionado; y la tarde discurrió con placidez.
Y mientras, en el lejano país del doble mar, el hombre no podía creer semejante maravilla, incrédulo, encaminó sus pasos hacia el lugar de los
cantores que entonaban un canto festivo, permaneció escuchando, rodeado de sus escoltas. Después hizo una
seña al jefe de los músicos para que interrumpiera el coro, y le dijo:
“El
que compuso este canto debió conocer la felicidad.”
Himnos tales, que al escucharlos, creyó
ser el presidente, no solo el de una potencia mundial, si no, de toda la
humanidad, porque nunca se elevaron tantos sus pensamientos ni jamás momento
como ese, ni riqueza alguna, ni su bellísima compañera de vida y de goce, a
semejanza de una virgen regia; conmovió su corazón. El hombre magnífico dijo:
“Toca ahora un concierto estrepitoso”
“Toca ahora un concierto estrepitoso”
Se dispuso a subir al estrado para espiar la tierra y el mar, las sombras de las blancas columnas Jefferson, heridas por el esplendor, se alargaban al declinar el sol. Luego celebró en aquella noche un gran festín, con músicos y con danzas, bajo la voluptuosidad de los placeres imposibles de la tierra.

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