Avanzo sin mirar, sin respirar, exánime. Como cualquier otra ciudad, la
Capital, no dista de ser un hervidero de miserias, llena de afanes, resonante
de charlas, de voces anónimas, de sobresaltos y hasta de aves furtivas que observan con ceño hosco levantando las alas con aspecto altanero y ese sordo ruido de plumas sacudiéndose, mientras se apresuran a tomar las migas de pan que les ofrecen habitantes de la calle y algunos turistas que acuden a la plaza.
Una y otra vez, en cada rincón de la ciudad, la vida se amontona, palpita, se estremece y fluye
como la sangre que corre por las venas. Pero a pesar de todo, la vida es
bella,
hasta para el tuerto andrajoso que se ve feliz en el país de los ciegos, mostrando
en el blanco de sus ojos la mirada torva de las palomas, sentado sobre un
banquillo en la sala fresca de la
fuente, a la sombra de los cipreses que agitados por la brisa, tienen el temblor
de las plumas, mientras sonríe y no recibe más que voces de pesar y promesas que no
llenan las manos vacías.
Durante el trayecto, el aire se hela detrás de mis pasos. La semi-oscuridad
es más fría y densa dentro del edificio suspendido en el tiempo, el reflejo de sus sombras a través de los vanos me envuelve y
tropiezo contra los escalones de ladrillo puestos de canto. Camino a lo largo
del pasillo entreviendo la claridad de las lámparas que surgen detrás de los
cristales. Doy la vuelta al final del muro blanco. El deseo de parar me acosa. Todo
mi ser se afana por sentir la
protección, incomprensible, de aquel lugar. Enciendo las luces. ¡Por fin! Sólo las
cuatro paredes de mi oficina existen; alrededor es la soledad sin fin.

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