Carta a la abuela que nunca
llegó a su destino...
Explorando en el lindero de la vida lo que
es innoble, recuerdo uno de los sobresaltos mezclados de holocausto y abnegación en el cual, ardió la víctima y mi vida entera:
Mi pensamiento corre hacia la madrugada. La guía turística, tocando la puerta de la habitación del hotel.
Desganado y soñoliento, mi esposo se levanta del fondo de la suite. Los
segundos son lentos y veloces. El reloj indica la hora exacta en que
partiríamos de Budapest hacia Croacia. Él está fijo, no parpadea, no
traga saliva como ciertas figuras de los museos de cera. La mujer de rojo se sienta al volante de
la Kombi Van. Son las seis de la mañana. Las calles están desiertas y relucientes. Por las ventanillas aparecen los castillos enormes,
oscuros, con sus torres cuadradas. Dormitan las pequeñas ciudades blancas en
torno a la calma del río. Dormita él, mi esposo, en el féretro de acero y
ruedas. El silencio es sepulcral. Tanto más lento es el tiempo cuanto más
rápido late mi corazón. Estoy inquieta y feliz. Respiro con la cabeza
inclinada sobre la palma de la mano derecha, sintiendo ese olor a Venecia y de
colinas sobre la aurora matutina. Llevo en la mano izquierda, con el mismo
gesto religioso de quien sostiene una fina copa de cristal, la carta desbordada
de toda aquella apagada vida de papá, pero llena de abrazos.
Volviendo un poco hacia atrás, había
grabado en mi corazón el instante en que papá agarrado del vehículo trataba de
abrir la puerta y entregarme aquella carta. Abrí la puerta antes que él. Su
rostro estaba casi a la altura del mío. Sólo ése instante, allí donde el hombre parece eliminado, era igual al azar y al aliento de vida. Un momento de profundo e
irrespirable exilio que quiero consagrar y recordar:
Con latido mesurado, el corazón de papá va encarando la adversidad con ese anhelo de poder comunicarse
con su familia perdida. Tranquilo, atento para no cometer error alguno,
decidido a recuperar su vida, me dibuja en un pequeño trozo de papel un mapa con señales en dónde podría encontrar la lejana casa de piedra que a duras
penas lograba recordar. Allí nació, vivió su infancia y los vio por última
vez, antes de su exilio en la Segunda Guerra Mundial. Y con ese gesto paternal, generoso, tan suyo, me pide que lleve una carta a la otra orilla, con su
mensaje de desventura, con la escritura más o menos deforme según el grado de
sufrimiento, con bruscas interrupciones y agitadas frases. Me pide leer el
texto escrito en las peores horas de su angustia. Las frases, soltándose
de las líneas, se han revuelto todas. Las leo fijamente sintiendo en ella, todo
el odio al holocausto; un sacrificio en el cual la víctima se convierte en su
propia hoguera llameante. Palabras extrañas que
parecen ser trazadas por el poder del fuego incendiario entre la vida y la muerte;
holocausto que se iba disolviendo en negro silencio.
Temblando ante aquellas líneas de palabras
dispersas al viento, lo conforté con la promesa de que llevaría la carta a
su destino y de que no se la enseñaría a nadie más que a su madre, mi
abuela.
Vuelvo al final: como la costa Adriática
es muy escarpada, ella explicó que era mucho más cercano llegar por
otro camino en vez de tomar la del nivel del mar, y sin vacilar se desvió hacia la otra margen de la carretera. Pero en esa aventura, en breve, surgió no sé
qué ávida violencia en la mirada y gesto de mi esposo, que forzó a la guía
turística tomar de nuevo el camino de regreso. Llamas y chispas
volaron en el torbellino de mi alma. Hubo allí, en aquellos últimos instantes del frustrado viaje, desilusión, discusión, desengaño, luego un silencio, una cerrazón, una carta
sin destino y una figura final: la de mi padre.
Creo, que ese fue el último dolor de
papá, la carta que nunca llegó a su destino, el final de la vida que no señala
nada, que ya no mide nada, sólo los metros de profundidad midiendo metro por
metro el descenso al sepulcro.
Tumbada sobre la cabecera de mi cama, vuelvo
a releer aquellas páginas olvidadas... ¡Oh corazón soporta!

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